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y otras formas de mirar
Pepógrafo — Lo que captura la mirada
Tía Fina fumiga moscas con un pulverizador FLIT de dos manos durante las siestas de mi infancia

Las siestas de mi infancia: FLIT, moscas y hormigas

A la hora de la siesta se acababa la vida de las personas y de las moscas. Y no lo digo yo, lo decía el anuncio:

«MUERTE AL INSTANTE — PROTECCIÓN CONSTANTE.

FLIT mata fulminantemente todos los insectos del hogar, es inofensivo para las personas y NO MANCHA. Asegúrese de que recibe FLIT. Es el insecticida que más se vende en el mundo. Si la botella no tiene el soldadito, no es FLIT. FLIT DOBLE EFECTO (Piretro + DDT)».

El anuncio decía la verdad, aunque solo a medias. A las personas no las mataba el flit, sino la modorra y el calor tras la comida. De las moscas se encargaba el tremendo insecticida fumigado por tía Fina, que manejaba la máquina de flit con la destreza que da el título de asesina en serie de moscas.

Modorra y calor solo afectaban a los mayores. A los niños como yo les causaban el efecto contrario: nos daban una energía difícil de domesticar, que a menudo era motivo de algún conflicto con la gente durmiente.

El escenario era el siguiente: el salón en penumbra, apenas iluminado por la luz de colores que atravesaba los cristales de la puerta del patio. En el suelo, una manta y una almohada para mi uso y disfrute. Y en la pared, el reloj, con su tictac interminable, que daba las cuatro campanadas, después las cinco y, por fin, las seis.

Fuera, en el patio, el naranjo ocupaba el centro, los arriates estaban llenos de geranios y el sol pasaba de siesta. Al fondo, la cocina, donde Modesta recogía los cacharros y echaba las sobras a los cinco gatos mediopensionistas de mi abuela.

Dentro, en el salón, solo dos sonidos: el tictac del reloj y la agonía zumbante de las moscas, patas arriba en el suelo, girando sobre sí mismas en un intento vano de sobrevivir al flit.

Y yo, con las pilas cargadas, pensando cómo comerme las dos horas restantes de aquella clausura sin hacer ruido ni molestar a los durmientes.

Tuve una idea que probablemente hoy sería clasificada dentro del espectro autista, neurodivergente o, simplemente, «este niño está como una cabra». Mi cerebro, todavía inmaduro, igual que ahora, trenzó una relación entre las moscas moribundas y el hormiguero del arriate.

Pensé: «Estas pobres pueden dar un último servicio a la naturaleza sirviendo de sustento a las hormiguitas».

Fui recogiendo con la mano a las cada vez menos zumbantes moscas, salí al patio con mucho cuidado y las deposité en la entrada del hormiguero.

Llamé a su puerta. Salió una hormiga, miró el percal y llamó a sus primas. En nada, una inmensa mole negra con patas se llevaba adentro los restos mortales de las moscas, para regocijo de la despensa llena hasta las trancas.

Mi entretenimiento duró lo que dura una mosca a la puerta del hormiguero. Y me quedaba el resto de la siesta mano sobre mano.

Modesta ya se iba a su casa, con la cocina como los chorros del oro, y al sopor de la tarde se unía la soledad de un Robinson Crusoe. Así que le di una nueva vuelta de tuerca al plan.

Colonia de limón de un litro en el patio de las siestas de mi infancia, con naranjo y geranios

Tía Fina tenía en la estantería del cuarto de baño un bote de colonia olor limón de un litro. Y pensé en perfumar mi actividad hormigomosca y, aún más, darles calor.

Coseché una nueva tanda de moscas, las llevé al hormiguero y, una vez allí, cuando salieron las hormigas por su merienda, vertí un taponcito de colonia de limones y eché una cerilla.

El resultado es imaginable: barbacoa de insectos.

Pasaron las siestas y cada vez había menos hormigas, más moscas y menos colonia. Tía Fina empezó a sospechar de la sorprendente evaporación de la colonia de limones, hasta que le preguntó a Modesta si estaba usándola.

La mujer no resistió ni un minuto de interrogatorio y cantó la Traviata.

—No, Fina, no. Yo no uso su colonia. Es Julito, que la quema con las hormigas.

Mi tía, lejos de enfadarse, se puso pesarosa y dijo que su sobrino estaba mal de la cabeza y que no se lo iba a decir a nadie. Pobrecito él, bastante desgracia tiene.

Yo, con la coartada de mi insuficiencia mental y como venganza, denuncié a la traidora Modesta ante tía Fina, diciéndole que todas las tardes se llevaba los huevos.

Mi tía se mantuvo callada, pero yo escuché sus pensamientos, que decían: «El pobrecito tiene que inventarse cosas para salvarse».

El verano se acabó y las malditas siestas con él.

El hormiguero del arriate pasó de aldea a villa. Las moscas siguieron zumbando su agonía y el flit continuó contribuyendo a la desaparición de la capa de ozono.

El bote de litro de colonia de limones permaneció en la estantería del cuarto de baño hasta la muerte de tía Fina. En el fondo quedaron dos dedos de líquido amarillento que, durante años, siguieron recordando aquellas siestas interminables que padecimos con ocho años.

Para seguir leyendo: Los dos duros que nunca cobramos, otro recuerdo de infancia en Higuera de Vargas. Sobre el insecticida de la época, el Museo Nacional de Historia Americana conserva un envase de FLIT con DDT.

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