Mi abuelo, con más de noventa años, dos guerras mundiales y una civil a sus espaldas, tenía ya más amigos detrás de la tapia que de este lado. Solo se ponía el sombrero y cogía el bastón para ir a los entierros.
Cuando le comunicaron la muerte de su hermano, se levantó del brasero, recogió su impedimenta y salió a la calle camino del muerto. No advertí en él ninguna emoción especial, más allá de una arruga de cansancio en los labios. Pensé que se había vuelto inmune a la pena.
Con los años comprendí que no era eso. Lo que ocurre es que la zona del cerebro donde guardamos el «mi más sentido pésame» se va haciendo cada vez más pequeña. A fuerza de despedir familiares y amigos, la muerte pierde tamaño. No porque duela menos, sino porque encuentra cada vez menos sitio donde hacer daño.

La amistad está sobrevalorada. O, mejor dicho, está mal calculada. De joven uno cree que los amigos son para siempre, como los empastes, las enciclopedias Salvat y aquellos muebles de comedor que pesaban más que un Seat 600. Luego pasan los años y descubres que la eternidad era bastante más corta de lo anunciado.
Los amigos no suelen desaparecer de golpe. Se van diluyendo. Primero dejáis de veros cada semana; después, cada mes; luego os felicitáis por Navidad con un mensaje copiado y, un día, descubres que sabes más de un señor de Wisconsin al que sigues en Facebook que de aquel con quien compartiste media vida. Nadie se enfadó ni dio un portazo. Simplemente, la vida fue poniendo kilómetros, trabajos, parejas, hijos, achaques y una pereza creciente entre los dos.
Y así se va marchando la gente de tu vida. Lo verdaderamente inquietante no es que se vaya, sino que, con el tiempo, cada vez parece importarte menos.
Tampoco haces grandes esfuerzos por remediarlo. De vez en cuando alguien organiza una comida de antiguos amigos y acabas sentado entre seis jubilados que llevan cuarenta años contando las mismas batallitas, ahora con el aliciente de comparar próstatas, pensiones y resultados de colonoscopias. Sales convencido de que la amistad es maravillosa, siempre que no haya que practicarla demasiado.
WhatsApp ha facilitado extraordinariamente las cosas. Los grupos de antiguos amigos permiten comprobar que la gente con la que compartiste los mejores años de tu vida ha terminado convirtiéndose en una asociación de distribuidores de chistes malos, vídeos de buenos días y conspiraciones sobre el colesterol. Un pulgar levantado sustituye a una conversación y un «tenemos que vernos» garantiza que nadie tenga que molestarse en concretar una fecha.
Y eso que a muchos todavía los quieres. Simplemente, cada vez necesitas verlos menos. Es una forma de cariño extraordinariamente cómoda, especialmente cuando llegas a esa edad en la que salir de casa después de cenar empieza a parecerte una extravagancia propia de drogadictos.
Hay algo de economía doméstica en todo esto. Aprendes a administrar el afecto como administras la calefacción: cerrando habitaciones que ya no utilizas. No es que haga menos frío, pero la factura sale más barata.
El inconveniente es que, con cada amigo que se pierde, también desaparece una parte de quien fuiste. Los viejos amigos son los últimos testigos de tus estupideces, tus sueños y aquella remota época en la que todavía resultabas medianamente interesante. Cuando desaparecen, se llevan las pruebas. Y llega un momento en que ni siquiera tú recuerdas muy bien a aquel muchacho.
Por supuesto, cuando fallece alguno de esos amigos a los que llevabas quince años sin ver, experimentas una tristeza perfectamente reglamentaria. Dices que era una persona extraordinaria, recuerdas alguna anécdota y lamentas no haber quedado más con él. Es curioso cómo la muerte despierta unas ganas enormes de tomar el café que llevabas veinte años evitando.
Después consultas la esquela, calculas la distancia al tanatorio y compruebas si el entierro coincide con alguna obligación inaplazable. Por ejemplo, la siesta.

Ahora entiendo mejor a mi abuelo. Aquel hombre había asistido a tantos entierros que probablemente ya no encontraba palabras nuevas para despedir a nadie. Pero seguía levantándose del brasero, poniéndose el sombrero y cogiendo el bastón. Quizá porque había descubierto que los muertos, después de todo, eran bastante menos exigentes que los vivos. No pedían favores, no organizaban cenas de antiguos alumnos ni pretendían explicarte cómo había que arreglar España. Bastaba con acompañarlos una última vez hasta el cementerio.
Y es que, al llegar a cierta edad, uno termina asistiendo a más entierros que cumpleaños.
Al menos, en los entierros tienes la garantía de que el homenajeado no va a proponerte repetir la reunión el año que viene.


1 comment
30/10/2026 at 09:27 —
Uy qué mayor estás!!!!
(Me incluyo)