El hombre hizo el fuego con dos palos , ha llegado a la Luna, creó el botijo, la boina y el sacacorchos . Pero, en pleno siglo XXI, sigue siendo derrotado humillantemente por un paquete de mortadela. El término «abre fácil» es la mayor contradicción de la historia, una broma pesada por la los ingenieros se descojonan de risa mientras brindan con latas que, seguramente, ellos sí saben abrir.
1. La mortadela y el sacrificio de uñas
Esa esquina que dice «tire aquí» es una trampa para incautos. Lo intentas con delicadeza, luego con violencia, y al final acabas usando los dientes como un neandertal frente a un mamut. El resultado es siempre el mismo: el plástico se rompe en tiritas y tú te quedas con una uña menos, un odio profundo hacia la charcutería del Mercadona y más hambre.
2. El Pack de Cervezas: El búnker de plástico
Atención especial merece el retractilado del pack de latas. Ese plástico transparente está diseñado por la NASA para resistir la reentrada en la atmósfera. Te rompes los dedos intentando perforar la superficie, te luxas la falange buscando un hueco y, cuando por fin sacas una cerveza, la lata está abollada como pateada por una docena de niños el en descampado de Manolito Gafotas
3. La gran conspiración del «fiso» y el fisioterapeuta
Llegados a este punto, tengo una teoría terraplanista que lo explica todo: los fabricantes de envases no son torpes, son socios de una logia secreta.
¿Por qué el bote de champú requiere la fuerza de Hércules para abrirse con las manos mojadas ? ¿Por qué la lata de mejillones es una tómbola de cortes y aceite ? La respuesta es clara: el cártel de los fisioterapeutas. Por cada muñeca luxada y cada tendinitis causada por un «abre fácil», un «fisio» recibe un paciente. Es un negocio perfecto: ellos diseñan el problema y tú pagas la rehabilitación.
4. Conclusión: El fin de la especie
Si mañana los extraterrestres nos invaden y su única exigencia fuera que abriéramos un paquete de salchichas sin usar un cuchillo de sierra, moriríamos en diez minutos.
A quien corresponda: menos «abre fácil» y más «abre de verdad», que ya tengo una edad para andar peleándome con el plástico de la mortadela.
Sabemos que abrir nuestros correos es, para usted, el equivalente digital a que se le caiga un helado en el zapato: una decepción inevitable que ocurre con una frecuencia alarmante. Porque somos conscientes de que nuestra prosa tiene la ligereza de un yunque y la alegría de un funeral en martes, queremos darle la oportunidad de su vida.
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Preguntas adicionales para el análisis psicopatológico:
¿Cuál es el síntoma físico más común que experimenta al leer un texto nuestro?
[ ] Tic nervioso en el párpado izquierdo.
[ ] Nostalgia de cuando era analfabeto.
[ ] Un deseo irreprimible de donar su dispositivo móvil a una causa perdida.
[ ] Sueño profundo (Efecto Sedante Pepógrafo™).
Si decidiéramos dejar de escribir, ¿en qué emplearía el tiempo que le ahorramos?
[ ] En mirar fijamente una pared blanca (es más estimulante).
[ ] En leer las etiquetas de los botes de champú.
[ ] En buscar a Pepógrafo por la calle para darle un abrazo… o una leche
Nota legal: El pago de estas cuotas no garantiza que Pepógrafo no aparezca en sus sueños o en las notas al pie de su cuenta de la luz. La mediocridad, como el mal olor, es difícil de erradicar por completo
Antiguamente, ir al médico era una actividad mística. Entrabas en la consulta de don Paco, que olía a alcohol y a enciclopedia vieja, el doctor te miraba el fondo de la garganta con un palo de helado (sin helado, una tragedia), te recetaba con una letra que solo entendía un farmacéutico con poderes psíquicos y te ibas a casa con la fe del carbonero. Tú no sabías qué tenías, pero él sí, y con eso bastaba.
Hoy, sin embargo, los médicos han decidido que, además de curarte, tienes que hacer como mínimo la FP de medicina antes de salir de la consulta.
De la mancha al esquema en 3D
Entras por un dolor en la rabadilla y, antes de que puedas decir «ay», el doctor ya ha girado la pantalla del ordenador.
El médico: «Fíjese en esta zona hiperdensa que orbita cerca de la L5».
Tú: «Doctor, eso parece el mapa de una tormenta en Badajoz».
El médico: «No, no. Eso es su disco pidiendo la jubilación anticipada. Mire este gráfico interactivo sobre cómo la pastilla que le voy a dar va a negociar con sus enzimas hepáticas un tratado de paz no agresión».
Y piensas pero callas: «¡Pero bueno! Que yo he venido a que me quites el pinchazo, no a que me expliques la microeconomía de mi hígado».
La pedagogía del terror (visual)
Antes ibas «de Pascuas a Ramos«. Ahora vas una vez y sales con deberes. Te enseñan la radiografía del menisco y el médico se empeña en que veas «el desgaste». Te señala una mancha blanca que podría ser un ligamento o el fantasma de Cánovas del Castillo, y tú asientes con cara de intensidad pedagógica porque te da vergüenza admitir que lo único que ves es un borrón que se parece a las caras de Belméz.
«Doctor, de verdad, no me cuente lo que me va a cortar. Si me lo cuenta, me da tiempo a imaginarlo, y mi imaginación es mucho más macabra que su bisturí».
La hipófisis y su drama existencial
Lo peor es cuando se ponen poéticos con la terminología. Te dan una clase magistral sobre la hipófisis, esa glándula que tiene nombre de tía solterona que vive en un pueblo de Teruel. Te explican su «tristeza» funcional y cómo coordina tus hormonas como si fuera la directora de una orquesta sinfónica en horas bajas.
Al final, sales de la consulta sabiendo:
Que tu cuerpo es una red ferroviaria al borde del colapso.
Que tu fémur tiene una arquitectura gótica envidiable.
Pero te sigue doliendo la espalda igual que cuando entraste.
Señores doctores, por favor, menos PowerPoints y más «mano de santo». Que yo para suspender anatomía ya tuve los dieciséis años; ahora solo quiero que me arreglen los huesos para llegar dignamente a la hora de la caña. Menos pedagogía y más geografía: señáleme dónde está el bar y olvídese de explicarme el drama existencial de mi páncreas.
Hoy en día, si un niño no sabe chino mandarín, no programa «Apis» mientras hace el pino en clases de mindfulness y no domina el violonchelo subacuático, básicamente está destinado al fracaso social. Hemos convertido la infancia en una oposición permanente. Los parques están vacíos porque los niños están en centros culturales, sudando en tatamis de judo o aprendiendo a decir «tengo ansiedad» en tres idiomas distintos.
Es de aurora boreal. Los padres de ahora no tienen hijos, tienen fondos de inversión. El lunes toca robótica, el martes violín y el miércoles «refuerzo emocional», que supongo que es donde les enseñan a no odiar a sus padres por apuntarlos a tantas porquerías. Es una esclavitud consentida donde el látigo ha sido sustituido por una suscripción mensual y una equipación oficial de la marca de moda.
Mi «Máster» en Logística de Barrio
En mi época, la única actividad extraescolar que conocíamos era la supervivencia urbana del ultramarinos Angelita. Mi madre, esa gran gestora de recursos humanos, no necesitaba aplicaciones de seguimiento ni horarios plastificados en la nevera. El plan de estudios era sencillo y directo:
Llegada al centro de alto rendimiento (mi casa): Soltar la cartera (que pesaba como un saco de cemento, pero sin ruedas, para forjar el carácter).
Dopaje reglamentario: Un trozo de pan con chocolate. Y no era cacao orgánico de comercio justo, no. Era chocolate de ese que si te descuidas te rompe un diente.
Misión diplomática: «Niño, toma un duro y vete a por la Casera«.
Esa era mi extraescolar. logística y suministros. Nada de GPS; si me perdía, era mi problema. Nada de «trabajo en equipo»; era yo contra la señora de la tienda que siempre intentaba darme el cambio mal. Aprendí más sobre economía real y sobre la liga de futbol, las botellas traían cromos de futbolistas, pesando el casco de la botella retornable que lo que aprenderán estas pobres criaturitas en sus clases de «Emprendimiento para mini-líderes».
La Gran Diferencia
Antes: Nuestra mayor preocupación era que no se nos acabara el pan antes de llegar a Ultramarinos y Coloniales Angelita .
Ahora: Su mayor preocupación es que el algoritmo de la clase de ajedrez no les penalice el ranking.
Estamos criando una generación de niños que saben interpretar una partitura de Mozart pero que, si les das una moneda y los mandas a por una gaseosa, probablemente intenten pagar con un código QR o sufran un ataque de pánico por falta de supervisión adulta.
«Y dudo si los apuntan a todo esto por su futuro o simplemente para que no estén en casa recordándoles que ellos también han olvidado cómo se juega.»
En la escala de gente que sobra en este mundo, justo entre los que no recogen las cacas de su perro y los que envían audios de diez minutos, están ellos: Los Protectores de la moral ajena. Esos seres de luz que deciden que tu cerebro es de plastilina y que, si te cuentan la verdad, vas a implosionar como una estrella vieja. Su frase de cabecera es: “No te dije nada por no disgustarte”. Traducción real: “Soy un capullo que no quiere sufrir con tu problema, así que prefiero que vivas en la burbuja de tu estupidez mientras yo me siento como el Dalai Lama de tu ignorancia”.
El Top 3 de la censura «piadosa»
1. La cornamenta de diseño: Sabes que mi pareja se está viendo con «un amigo» en la churrería «La porra de oro», pero no me dices nada porque «bastante estrés tengo ya en el trabajo». ¡Gracias, de verdad! Nada como ser el último en enterarse de que mi vida sentimental es un capítulo de Infieles mientras tú te pides otra caña viéndome comer buñuelos con cara de tonto.
2. El despido sorpresa: En recursos humanos están imprimiendo mi carta de despido y tú, que lo sabes, me dejas que me compre una freidora de aire a plazos. «No quería amargarte la cena». Pues nada, ahora tengo una freidora de 200 euros y ninguna nómina para pagar las patatas. Un plan sin fisuras.
3. El drama del jardinero municipal: He suspendido las oposiciones para podar los geranios del ayuntamiento. Tú lo has visto en el tablón, pero te lo callas porque «me hacía mucha ilusión». Gracias, ahora he pasado tres días celebrando un éxito inexistente y comprándome unas tijeras de podar profesionales. La hostia es doble, genio.
La superioridad del «no saber»
Estos personajes se creen que tienen el mando a distancia de tus emociones. Se guardan que tienes un herpes zóster galopante en la espalda («pensé que eran granitos del sudor, no quería que te rayaras») o que ese bulto en el motor de tu coche suena a biela rota. Queridos protectores: No sois héroes. Dejad de filtrar mi desgracia . Si me van a echar, si me están engañando o si mi carrera como jardinero público ha muerto antes de nacer, quiero saberlo ya. Prefiero una verdad que me parta la cara a una mentira que me acaricie el lomo.
Herramientas para que no te la den con queso
Si no quieres depender de la «caridad informativa» de tus amigos, aquí tienes donde mirar tú mismo: • BOE (y boletines autonómicos): Para que no te oculten que has suspendido la oposición de tu vida. Ver BOE • InfoJobs: Por si tu «protector» no te cuenta que tu oficina cierra mañana.
Nota para el «ángel«: La próxima vez que te guardes una información que me incumbe para «protegerme», hazme un favor extra: protégete tú de mi mala leche y vete a cascarla. Sin avisar, para que no te dé el disgusto.
El otro día, mi amigo Paco —esa fuente inagotable de antropología casera— me contó una fábula doméstica que ríete tú de las tragedias griegas o de los aranceles de Trump. La historia va de dos hermanos y de una patología muy nuestra, muy ibérica y muy humana: la incontinencia jerárquica. O dicho finamente: la necesidad fisiológica de quedar siempre por encima, aunque sea haciendo el ridículo.
Me he levantado esta mañana con una duda ética atragantada entre la madalena y el Colacao. Una de esas dudas que te hacen mirarte al espejo y preguntarte si, en el fondo, debajo de esta capa de ciudadano ejemplar que recicla el plástico y cede el asiento en el bus no habita un auténtico psicópata en potencia.
La cosa es sencilla. Me acaban de contar que a alguien que me hizo daño, a un «enemigo» (si es que a estas alturas de mi provecta edad seguimos teniendo enemigos y no simplemente «gente que nos sobra»), le ha ido mal. Bastante mal.
Y yo, en lugar de sentir esa solidaridad universal que nos venden en los anuncios de Navidad, en lugar de sentir un pellizco en el corazón o un «pobrecillo, nadie se merece eso», he sentido… nada. O peor aún: he sentido una calma chicha. Una satisfacción sutil, como cuando encuentras un billete de diez euros en el pliegue del sofá.
Nos han vendido la dictadura del «ser de luz». Se supone que debemos estar por encima del bien y del mal, en poner la otra mejilla, que el rencor es un veneno que uno se bebe esperando que muera el otro. Nos dicen que la altura moral se demuestra compadeciendo incluso al que te puso la zancadilla, al que te humilló en aquella reunión o al que te rompió el corazón con la frialdad de un témpano.
Pues no: es mentira.
La biología es caprichosa. Nuestro cerebro, esa masa gelatinosa diseñada para sobrevivir en la sabana, entiende de justicia poética. Y cuando el Universo, el Karma o la puñetera casualidad deciden equilibrar la balanza y darle una leche al que se pasó la vida repartiéndolas, tu cerebro no llora. Tu cerebro aplaude, el mío fervorosamente.
No es que seas mala persona. Es que estás muy cansado.
Estás cansado de poner la otra mejilla. Cansado de ser el bueno de la reunión. Agotado de tener que gestionar no solo tus problemas, sino también la corrección política de tus pensamientos inconfesables.
Hay una diferencia enorme entre desear el mal activamente —eso de tener un muñeco vudú en el cajón de los calcetines— y disfrutar pasivamente del espectáculo de la realidad. Si tú no has empujado a nadie por las escaleras, no tienes la culpa de que se hayan caído. Y tampoco tienes la obligación moral de bajar corriendo a curarles las heridas si ellos fueron quienes te empujaron a ti primero.
La indiferencia ante el dolor ajeno, cuando ese «ajeno», no es crueldad. Es salud mental. Es el mecanismo de defensa de tu alma diciéndote: » tranquilo. Esta guerra ya no es tuya. Y mira, parece que van perdiendo».
Así que me zampé la madalena migada en el Colacao . No soy un monstruo por no llorar las desgracias de quien se alegró de las mías. Soy humano. De los regulares , rencoroso a ratos y con memoria.
Hoy el desayuno sabe un poco mejor que ayer, y no pasa absolutamente nada. La culpa se la dejo a quien tenga mala conciencia. Yo solo estoy mirando el paisaje.
El ser humano, en su infinita fragilidad, a veces comete el error táctico de buscar empatía. Es un desliz de principiante. Te ocurre algo —una pequeña desgracia, una alegría mínima, un dolor en el hipocondrio derecho— y sientes esa necesidad suicida de compartirlo con el prójimo (a). Craso error.
Porque ahí están ellos. Acechando en la maleza de la conversación. Son los secuestradores de historias.
Tú te acercas, ingenuo, y sueltas tu frase: «Oye, pues llevo una semana que me duele la rodilla al subir escaleras…». Y antes de que puedas siquiera articular el verbo «dolor», ellos ya han activado el resorte. Han olido la sangre, pero no para curarte, sino para devorarte con su propia historia.
«¿La rodilla? Eso no es nada. Yo el año pasado tuve una distensión de ligamentos cruzados con tirabuzón tubular que me dejó en silla de ruedas tres meses. Es más, ahora mismo, mientras hablas, siento como si me estuvieran taladrando el menisco con un punzón oxidado.»
Y ya está. Se acabó. Tu dolor de rodilla ha sido desintegrado, pulverizado y barrido bajo la alfombra de su monumental sufrimiento. Has pasado de ser el protagonista de tu pequeña tragedia a ser un mero figurante, un telonero de su puñetero menisco.
No es que no te escuchen; es peor. Te utilizan como trampolín. Tu anécdota es simplemente el pie forzado, la excusa barata que necesitan para desenrollar el pergamino de sus vivencias. Si tú has ido a París, ellos han vivido en Montmartre y conocen al nieto del panadero de Amélie. Si a ti te ha dejado tu pareja, a ellos les dejaron por WhatsApp el día de su boda mientras les operaban de apendicitis.
Es el «Yoismo» de competición. No hay medalla de plata para tu historia.
Lo flipante es observar sus ojos mientras tú intentas (inútilmente) terminar tu frase. No hay escucha activa. Hay impaciencia. Se les ve en la retina la ruedecita de carga girando mientras buscan en su archivo mental qué archivo .zip pueden descomprimir para tapar el tuyo. Tu voz es para ellos lo que los anuncios de la teletienda para un insomne: ruido de fondo hasta que vuelve su programa favorito: ELLOS TV.
Al final, la charla se convierte en una partida de tenis contra un frontón. Tú lanzas la pelota esperando un intercambio, y te vuelve a 200 km/h directa a la frente.
Y terminas tú, con tu dolor de rodilla intacto y sin consuelo, asintiendo y consolándoles a ellos por aquella vez que se les encarnó una uña en 1998. Porque en su mundo yoista, tu única función es ser el público que aplaude mientras ellos recogen, una y otra vez, el Oscar a la mejor Interpretación dramática.
Seamos honestos, tú sabes por qué le temes al ascensor. No es por el ridículo riesgo de que el cable se rompa y acabes como un dibujo animado aplastado. ¡Qué va! Eso sería rápido. Es mucho peor.
El miedo real se llama «Espejofobia Ascensoril», un trastorno no reconocido por la OMS pero descrito por la doctora Magefesa de la Kelvinator University en su opúsculo titulado «The lift, the machine that makes Life miserable«. Del mismo traduzco literalmente el siguiente párrafo: «La espejofobia la sufre cada alma que ha tenido que subir o bajar más de dos plantas. No es una caja de metal; es un Confesionario Móvil de Todas Tus Faltas Estéticas, con la diferencia de que el cura… eres tú mismo. Y tú eres un juez implacable».
Y cruzas esa puerta de acero inoxidable y, ¡BAM!, estás preso en una jaula de cristal que te obliga a enfrentarte a la verdad más brutal de la mañana:
El ángulo imposible: No importa dónde te pares, el espejo ha sido diseñado por un sádico de la arquitectura para maximizar el ángulo más desfavorecedor de tu cara. ¿Te recuerdas a un héroe? No, te recuerdas a la hiena que se ha comido al héroe.
El examen capilar forense: El espejo, ese chivato, te grita con luz de neón: «¡Esa cana ha crecido 3 milímetros desde ayer! ¡Y ese mechón torcido parece un nido de cuervos en plena migración!». Y tienes 45 segundos para intentar «arreglarlo» con un manotazo que solo logra hacerlo ver peor.
La revelación del cansancio acumulado: Olvídate del café. Los espejos del ascensor son como una resonancia magnética que irradia tus horas de sueño perdidas. Las ojeras no son bolsas; son maletas de viaje que acabas de descargar de tu «Viaje al Mundo de la dejadez».
El silencio incómodo (versión doble): Lo peor es cuando hay más gente. Tienes que fingir que te interesa muchísimo la pegatina de inspección de la AENOR, o mirar al techo como si esperaras una señal divina. Pero, en realidad, sabes que ellos también están haciendo su propio examen forense y que están pensando exactamente lo que tú piensas de ti. Es un terror colectivo.
Así que no me vengas con que tienes prisa por llegar a la reunión. Lo que realmente quieres es que ese tormento visual acabe. Quieres volver a la bendita ignorancia de la realidad distorsionada que te ofrece el espejo de tu baño con poca luz.
La solución, por supuesto, es obvia, aunque radical: prohibir todos los espejos en los espacios públicos. O, alternativamente, dejar de tomar el ascensor y empezar a usar las escaleras. No porque sea sano, sino porque la vista de tu propio esfuerzo jadeando es menos traumática que la vista de tu propio cara en alta definición bajo la luz de un quirófano.
Mientras tanto, respira hondo, ponte un gorro y piensa en la hipoteca. da menos miedo.
Oh, mi estimado lector, atiendo tu solicitud. ¡qué petición tan deliciosa y tan de este humilde escriba! Debo confesar que me ha puesto usted un reto colosal: 350 líneas. Eso es una maratón de la distracción, un tour de force de la «mente en las nubes». Intentaré cumplir, no sin el riesgo de que, a mitad del texto, olvide lo que estaba escribiendo, me ponga a mirar una mosca o, peor aún, confunda el teclado con una caja de galletas. Si eso sucede, sabrá que mi inmersión en el tema es total.
Permítame, pues, comenzar esta oda al despiste cotidiano, a esa coreografía involuntaria de la torpeza que nos humaniza y nos regala las mejores carcajadas. El despiste, mi amigo, no es un defecto; es una forma de arte. Es la prueba fehaciente de que nuestra mente, ese cacharro hiperactivo, está ocupada en cosas mucho más trascendentales que la humilde realidad que nos rodea.
La corona del olvido: las gafas en la frente
¿Quién no ha buscado frenéticamente sus gafas durante diez minutos para, finalmente, descubrir que las llevaba puestas… en la frente, cual diadema de intelectual confundido? Este es un clásico, la magnum opus del olvido visual. Uno se siente el detective más torpe del mundo, inspeccionando cada rincón, moviendo cojines, hasta que el espejo, ese cruel confidente, delata la obviedad. Y la risa, esa risa tonta, es la única penitencia.
Viaje épico: la llave y el frigorífico
O la épica aventura de la llave. La llave que se desmaterializa entre la puerta y el bolsillo. Uno revisa cada ranura, cada bolso, cada recoveco de la chaqueta. Jura y perjura que la dejó en el llavero, pero el llavero está tan huérfano como un pirata sin loro. Y claro, aparece. ¿Dónde? Dentro de la nevera, junto al bote de mayonesa, porque en un acto reflejo digno del surrealismo, uno confundió la entrada con la despensa. La llave ha viajado al Polo Norte culinario sin billete de vuelta.
La paradoja digital: llamar al móvil que sostienes
Y hablemos del teléfono móvil. Ah, el apéndice digital del siglo XXI. El teléfono suena. Uno lo busca. Lo busca en el bolso, en la mesa, debajo de los papeles. La melodía es inconfundible, pero el aparato es invisible. Finalmente, el sudor frío y la frustración lo abandonan al descubrir que, horror, lo está sosteniendo en la oreja con la otra mano. ¿Estaba hablando con el aparato que estaba buscando? Un bucle temporal, una paradoja personal que haría sonrojar a Einstein.
El juego de malabares: cuando no recuerdas un nombre
El olvido de nombres es otra disciplina olímpica. Uno se encuentra con esa persona que le cae divinamente, esa que conoce hace años, esa cuyo nombre está grabado en su agenda. Pero la memoria, ese traicionero disco duro, se ha quedado en blanco. Empieza el juego de malabares verbales, el «Mi querido… eh… campeón», el «Hola, figura… de la vida». Uno intenta arrastrar cualquier sílaba que evoque un nombre, mientras la otra persona espera, con esa sonrisa incómoda que grita: «Sé que no recuerdas quién soy».
Caso perdido: el carrito de la irrelevancia en el «Carrefú»
El despiste en el supermercado merece un capítulo aparte. Uno entra con una misión clara: pan, leche y huevos. ¡Eso es todo! Media hora después, sale con una manguera de jardín, un bote de aceitunas griegas, un CD de música celta y tres tipos de queso, pero… ¡oh, sorpresa! ¿Dónde está el pan? ¿Y la leche? ¿Y los huevos? La mente se ha distraído con las ofertas, con la señora que estornuda, con el brillo de los aguacates. El carrito es un museo de la irrelevancia, y la misión principal, el pilar de la alimentación, yace olvidado en el limbo de los productos lácteos
El ciclo de la espumándoos infinita: la ducha del despistado
Y qué decir de la ducha matutina, ese ritual sagrado que, para el despistado, es una zona de alto riesgo. Uno se enjabona. Se aclara. Se siente limpio. Y al minuto, una duda atroz: ¿Me he puesto ya el champú? O peor: ¿Me he puesto ya el jabón? Para asegurarse, uno se enjabona de nuevo. Y el ciclo de la espuma infinita comienza. Uno sale de la ducha reluciente, oliendo a pino y a lavanda, y con la sensación de haber malgastado media botella de gel en un acto de inseguridad higiénica.
El piloto automatico de pega: perderse con el coche
El coche es otro escenario de comedia. Uno va conduciendo, convencido de que se dirige al trabajo. Ve un cartel. Gira a la derecha. Sigue. Y de repente, un escalofrío. ¡No! ¡Esa no es la ruta! La mente se ha puesto en «piloto automático«, en la ruta del domingo al gimnasio o en el camino a casa de la abuela. Uno está a cinco kilómetros de su destino y yendo en dirección contraria, sumido en un trance de costumbre. Toca rectificar, dar la vuelta con esa vergüenza de saber que el GPS mental ha fallado estrepitosamente.
Premio Nobel al olvido: las llaves puestas por dentro
Y el clímax de los despistes: salir de casa. El ritual de la partida. La puerta se cierra. El click. Uno da dos pasos y… se detiene en seco. La lista de control mental se dispara: ¿He apagado el fuego? ¿He desenchufado la plancha? ¿He cerrado la ventana? La duda es la semilla de la neurosis. Uno vuelve. Abre la puerta. Entra. Revisa la cocina, los enchufes. Todo está bien. Salvo por el pequeño detalle de que ha dejado las llaves puestas por dentro, obligándose a un costoso y humillante rescate.
Conclusión: el despistado un soñador a tiempo completo
Pero no nos engañemos, mi querido lector. Los despistes graciosos son el condimento de la vida. Son esa pequeña interrupción en la monotonía que nos recuerda que somos seres humanos, no robots. Que tenemos una vida interior tan rica y caótica que a veces desborda los límites de lo práctico.
El despistado es, en el fondo, un soñador a tiempo completo. Alguien que camina por este mundo con un pie en la realidad y otro en un universo paralelo donde las llaves viven en el refrigerador y los teléfonos se responden solos. No somos torpes, somos multidimensionales. Así que, la próxima vez que te encuentres con las gafas en la frente o el mando del televisor en el congelador, no te avergüences.
Ríe. Ríe a carcajadas. Porque esa es la prueba de que, mientras tu cuerpo realizaba una acción absurda, tu mente estaba ocupada, seguramente, resolviendo el destino del universo o planeando la próxima gran idea. El despiste es la risa que nos salvó de ser perfectos. Es la imperfección más perfectamente adorable. Y con esto, mi estimado, he llegado a las 350 líneas, aunque he tenido que contarlas tres veces ¿o cuatro? porque, claro, me despisté. Un abrazo fuerte y que viva el caos cotidiano.
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