Crónicas del asfalto, bancos y amigos falsos: mis lecciones de humildad
Ayer me di un trompazo con la bici: mi dignidad por los suelos y la pierna en escabeche. Nada grave, más allá del orgullo herido. Pasado el susto, y con el cachondeo de mis colegas de fondo, me puse a reflexionar sobre esa extraña inmunidad diplomática que creemos tener ante las desgracias ajenas… hasta que nos tocan a nosotros.
Atentos al catálogo de realidades:
- El equilibrio del torpe: Caerse de la bici es «de novatos», piensas. Hasta que pruebas el sabor del asfalto y te das cuenta de que la gravedad no entiende de currículums.
- La trampa bancaria: Que te engañe el banco es cosa de pardillos, ¿no? Pues que pregunten por mi hipoteca, que ahora soy el cliente estrella del departamento de reclamaciones.
- Seguridad ciudadana: En la vida me habían robado ni conocía a nadie que le pasara. Entraron los ladrones en casa y solo dejaron a la gata porque tuvo la decencia de esconderse.
- Mecánica cuántica: Ves un coche averiado en el arcén y sentencias: «Es que no le hacen el mantenimiento». Diez minutos después, tu flamante vehículo empieza a hacer chop, chop y acabas en una grúa camino a Burgos.
- Padres en la inopia: «Mi hijo no bebe, es un santo». Y de repente, llamada de urgencias: el chaval se ha bebido hasta el agua de los floreros de una destilería y no para de pedir que venga su papá. Ese soy yo.
- La paradoja digital: Dices que las redes sociales son una gilipollez. Pero ahí estás, en Facebook, Instagram y grupos de macramé, presumiendo de ser selectivo mientras acumulas 2.300 «amistades» de ancianitas encantadoras de las que no sabes absolutamente nada.
- El club de los caducados: Hay que ser tonto para dejar pasar los plazos… y aquí me tienes: el DNI, el carné de conducir y hasta la ITV fuera de fecha.

Y hablando de carnés… Hace años me saqué el de moto. Yo, con más de 50, miraba a los chavales de 22 como si fuera su catedrático. El teórico cayó a la primera; incluso me permití el lujo de consolar a los que suspendían con palmaditas de condescendencia. El práctico, sin embargo, me llevó siete intentos. Al final, eran ellos los que me miraban con esa cara de «pobre viejo, no lo va a sacar nunca».
La amistad no es eterna: Te cuentan que el mejor amigo de López le ha dejado de hablar después de 30 años. «Es que López es un inocente», dices tú, «se veía venir que era puro interés». Y entonces, te paras a pensar y te das cuenta de que tú eres López. Que a ti te pasó exactamente lo mismo.
Conclusión: Al final, te sucede de todo, como al resto de los mortales. Te caes, te roban, te timan y se te olvidan las fechas. Y de vez en cuando, algún «amigo» se quita la careta y te deja colgado. Así es la vida: una serie de lecciones de humildad que te recuerdan que, por mucho que mires desde arriba, el suelo siempre está a la misma distancia para todos.











