La caridad de los enterradores
Hay una forma de cortesía que no es más que homicidio involuntario con una sonrisa. Es esa amabilidad de escaparate, de gente que se cree que el Código de Circulación es una sugerencia del Papa y no un manual de supervivencia para primates motorizados.
Hablo del «saludador post-atropello». Ese espécimen que te pasa a tres centímetros de la pelvis en un paso de cebra, pero que tiene el detalle infinito de levantarte la manita a modo de disculpa. ¡Oh, gracias, alma cándida! Casi me conviertes en una mancha de grasa sobre el asfalto, pero ese gesto con la palma de la mano —esa vibración de dedos de quien pide perdón por no haber frenado— es justo lo que necesitaba para que se me soldara el fémur por arte de magia. Es la disculpa como bula papal para el asesinato. «Te ha rozado la muerte, pero te he sonreído, así que estamos en paz». Pues no, cacho carne con volante: guarda tu manita y pon el pie en el freno, que mi seguro no acepta «saluditos» como parte de pago.
El «cededero» o el cooperante del desastre
Luego están los mártires de la preferencia. Esos conductores que, poseídos por un ataque de mística cristiana en mitad de un cruce, deciden que las normas son para los vulgares y que ellos están ahí para repartir gracia divina.
• La jugada maestra: El tipo tiene preferencia, pero frena en seco para dejarte pasar a ti, que no la tienes.
• El resultado: Tú, pobre incauto, te fías de su «bondad». Avanzas con el corazón henchido de gratitud… y entonces el coche del carril de al lado, que sí se sabe el reglamento y no tiene vocación de santo, te embiste de costado y te manda al desguace.
Ese conductor «amable» se irá a casa pensando en lo buena persona que es, mientras tú esperas a la ambulancia con el coche hecho un acordeón. Es un filantropismo de carnicería. El amable se queda con la conciencia limpia y tú con el latigazo cervical.
El peatón «doy mi vida por tu motor»
Y no nos olvidemos de la otra cara de la moneda: el peatón mártir. Ese ciudadano ejemplar que, plantado frente a un paso de cebra con su derecho constitucional a cruzar, decide que hoy es un buen día para ejercer la caridad cristiana con el coche que se aproxima.
Ahí lo tienes, haciendo aspavientos con la mano, indicándole al conductor que pase él, que no se preocupe, que su tiempo vale más que mis dos piernas. ¡Qué nobleza! El conductor, confundido por semejante despliegue de generosidad, duda, frena, arranca, vuelve a frenar… y mientras tanto, se monta una retención que llega hasta la plaza Mayor.

• El drama del «pase usted»: El peatón insiste, el conductor arranca por fin, y en ese preciso instante, un motorista que venía filtrándose entre coches —confiado en que el paso de cebra estaba libre porque el peatón «cedía»— se encuentra con el capó del coche que acaba de reanudar la marcha.
• Resultado: Un festival de chatarra y un motorista volando por los aires, todo gracias a la «amabilidad» del señor de la acera.
Ese peatón se queda ahí, con su bolsa del pan y su superioridad moral, pensando: «Qué educado he sido». No, capullo, no ha sido usted educado, ha sido usted un agente del caos. Ha convertido una regla matemática y clara —peatón cruza, coche para— en una partida de mus donde nadie sabe quién tiene la mano.
La cortesía es el nuevo analfabetismo
Si el reglamento dice que cruces, cruza. No me obligues a adivinar tus intenciones filosóficas mientras manejo tonelada y media de hierro. Tu «amabilidad» rompe el ritmo del mundo, confunde al que viene detrás y prepara el escenario para un funeral que nadie ha pedido.
Si quieres ser bueno, cómprale flores a tu pareja o hazte donante de órganos —que a este paso, te va a hacer falta—, pero cuando llegues a la calzada, deja de jugar a ser el anfitrión de la calle. Menos gestitos de «pase usted, faltaría más» y más cumplir con lo que toca, que la educación no consiste en saltarse las normas, sino en no obligar a los demás a recoger tus pedazos con una pala.








