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06Oct

Los dos duros que nunca cobramos

In Con guasa by Pepógrafo / 06/10/2026 / No Comments

«Higuera de Vargas, villa de la provincia de Badajoz, situada en terreno desigual, de dilatadas dehesas, abundantes encinas, pastos y tierras de labor. Clima seco y extremado; veranos largos y calurosos, con cerca de quince horas de luz en los días próximos al solsticio.

Produce cereales, pastos y frutos del secano, y sostiene ganados, principales elementos de riqueza de sus naturales.

Atribúyese por tradición su fundación a Iván de Vargas, de cuyo linaje tomó nombre la villa. Domina el caserío su antiguo castillo, memoria de pasados tiempos señoriales y guerreros.

Profésase particular devoción al Señor de los Afligidos, Patrón de la villa, cuya festividad figura entre las principales solemnidades de la población».

— D. Joaquín María de Valverde, Compendio de Geografía Histórica y Descriptiva de la Provincia de Badajoz, Imprenta de la Viuda de Rodríguez, Badajoz, 1912.

Detalle de la plaza con la iglesia de Higuera de Vargas
Detalle de la plaza con la iglesia de Higuera de Vargas

Los veranos de Higuera

Y ahí me empuntaba mi madre todo el verano a casa de mis abuelos, cedida la patria potestad a tía Fina, mi higiene personal a tía Ario y el mando supremo a mi abuelo. Los veranos en mi infancia eran mucho más largos que ahora, y los días no acababan nunca.

A las diez de la noche había luz del sol y el calor seguía agarrado al pueblo como una garrapata. El calor concentraba la vida en unas franjas de tiempo de madrugada temprano y de noche tarde. Las siestas estaban reguladas por ley, igual que la orden de tía Ario para bañarse todas las tardes en la tina de zinc del patio con agua caliente solar y perfumarse con el bote de colonia de litro con limones en la etiqueta. Y de ahí a la calle con el flequillo peinado sobre la frente y la advertencia: «No te manches la ropa, que estoy harta de lavar todos los días».

La primera parada era la casa de Seras, hijo del electricista y encargado de dar la luz a las calles del pueblo por las noches. De madrugada las apagaba Seras padre. Armados con una pértiga recorríamos todo el pueblo dando la luz. El procedimiento era el siguiente: llegas a la esquina de Quiebraculos y le das con la pértiga a una gran palanca de hierro, firme y desnuda, que al subir o bajar cerraba el paso de la corriente. Un gesto seco, un chasquido, y la calle Quiebraculos quedaba entregada a la luz como los Campos Elíseos, bueno, un poco menos. Y así, calle a calle, hasta dejar el pueblo visible desde el espacio exterior.

La apuesta del cementerio

Aquella noche, de vuelta con la pértiga, pasamos delante del casino, en cuya puerta, en sendos veladores, estaban Don Ramón, el médico, la barriga de Don Justo y el traje y sombrero negros de Armando, el gitano más elegante de la comarca. El médico nos llama y, sin venir a cuento, se apuesta con nosotros a que no desandamos lo andado y vamos a tocar la tapia del cementerio, y que si lo hacemos nos dará un duro a cada uno. La propuesta no podía ser más solvente y con testigos de primera. Así que Seras y yo nos lanzamos calle abajo camino del cementerio. Al principio, emocionados, hablando de en qué íbamos a invertir los dos duros; después, más calmados, empezamos a evaluar los miedos de llegar al camposanto y, al final, angustiados, preguntándonos para qué habíamos aceptado el reto.

Dejamos las últimas luces del pueblo para iluminarnos solo con la luna que se reflejaba en la tapia blanca del cementerio. La conversación bajó el volumen y las dudas éticas surgieron. «¿Y si no vamos y le decimos que lo hemos hecho?». Imposible, no podrías dormir el resto de tu vida. Llegamos, tocamos la pared de cal y corrimos como liebres de vuelta, muertos de miedo y orgullosos por la hazaña.

Cementerio de Higuera de Vargas
Cementerio de Higuera de Vargas

Así que volvimos a la puerta del casino y allí seguían los tres socios con sus vasitos de vino y platillo de altramuces. «Don Ramón, hemos ido al cementerio y tocado la tapia, y como prueba, las manos blancas de cal». El médico, nunca lo creí, se rió y, mirando a Don Justo y al sombrero negro de Armando, el gitano más elegante de la comarca, dijo: «Anda, niños, idos a jugar a la plaza». Y no hubo más.

La pequeña venganza

La vergüenza que nos hicieron pasar aquellos tres delante de medio pueblo alimentó un sentimiento de venganza de nuestro tamaño: 1,40 m. En el corto trayecto desde el casino a la plaza urdimos el plan. Llegamos a la esquina del ayuntamiento; allí, en la pared, a la altura de la pértiga, estaba la gran palanca de hierro, firme y desnuda, que al subir o bajar cerraba el paso de la corriente. Un gesto seco, un chasquido, y la calle del casino quedó a oscuras.

El engaño tuvo su consecuencia y la venganza también. No tardaron ni cinco minutos en averiguar quién había dejado el casino a oscuras. A la mañana siguiente, la patria potestad cedida, la higiene delegada y el mando supremo perfectamente localizado, comparecimos Seras y yo ante mi abuelo.

No recuerdo el castigo. Seguramente porque fue mucho menos importante que aquellos dos duros que nunca cobramos. Lo que sí recuerdo es que, durante unos minutos, Don Ramón, la barriga de Don Justo y el sombrero negro de Don Armando, elegante siempre, tuvieron que beberse el vino y comerse los altramuces a oscuras.

Y eso, a los nueve años y metro cuarenta de estatura, era justicia.

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