Para leer

04Jul

Malas noticias

Las malas noticias tienen vida propia, no se rigen por código alguno, ley o reglamento. Se reproducen en cualquier hábitat sólo requieren tiempo para multiplicarse.

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10Jun

Venecia, la ciudad que no existe


Venecia, la Serenísima, emerge de las aguas como un sueño. Sus canales, como venas líquidas, recorren la ciudad, entrelazando palacios y callejones. La Plaza de San Marcos, corazón de Venecia, es un escenario majestuoso. Aquí, la Basílica de San Marcos se alza con sus cúpulas doradas, mientras que el Campanile ofrece vistas panorámicas de la ciudad. Sepultada bajo un millón de turistas.

El Puente del Rialto, antigua arteria comercial, se alza en una curva elegante sobre el Gran Canal. Sus arcos de piedra son testigos silenciosos de siglos de historia y comercio. Los turistas se agolpan en sus pasarelas, capturando la esencia de Venecia en sus cámaras. Sepultado bajo un millón de turistas

Las góndolas, con sus proas curvadas y gondoleros vestidos de rayas, navegan con gracia por los canales. El suave chapoteo del agua contra la madera crea una sinfonía melancólica. Los enamorados se abrazan, mientras los venecianos, ¿Existen? acostumbrados a esta belleza, siguen con sus vidas cotidianas.

Pero no todo es idílico. La marea de turistas fluye incesante. Cámaras en mano, mapas desplegados, se mezclan con los venecianos, que sortean la multitud con paciencia. Los comerciantes ofrecen máscaras de carnaval y souvenirs, adaptándose al flujo constante de visitantes.

Venecia, ciudad de contrastes, vive en un delicado equilibrio entre su esplendor y la presión turística. Sus canales, plazas y puentes son un tesoro, pero también una carga. Los venecianos, resilientes y orgullosos, siguen luchando por preservar su identidad en medio de la marea humana.

En cada esquina, la historia y la modernidad se entrelazan. Venecia, con su encanto único, sigue siendo un imán para los viajeros, quienes, al sumergirse en sus calles, se convierten en parte de su leyenda. Sepultada bajo un millón de turistas

06Jun

Abuela Ha Muerto: El Impactante Anuncio que Sacude su Mundo

«Abuela ha muerto». Esa frase retumba en su cabeza como las insistentes campanas de una iglesia; le presiona las sienes como el martilleo de la música en una discoteca, pero ni su corazón ni su cerebro atinan con el significado.

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03Jun

Te amo pero…

El borrador universal es una herramienta de uso extendido que sirve para mantener una postura y, sin despeinarse, darle la vuelta como un calcetín.

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29May

«Nieto, hay cosas que yo no tenía que haber conocido»

En Para leer por Pepógrafo / 29/05/2024 / 2 Comentarios

Mi amigo Luis Marcos profesaba un amor/admiración por su abuelo el coronel Vaz.

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24May

Vacío

Tu recuerdo es como visitar una tumba vacía, un agujero frío y negro en el que ya no quedan ni los restos de la vida muerta. Tan oscuro que se tragó toda la luz de mi memoria, incapaz de verte, solo te intuye en el recuerdo convertido en espacio oscuro que alguna vez llenaron de luz tus ojos verdes.

22May

¡No me queda más remedio!

En Para leer por Pepógrafo / 22/05/2024 / 1 comentario

La tercera acepción de mártir en el diccionario es: «Persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones». Ninguna definición ha descrito, sin embargo, otra forma de martirio: el automartirio o, en extenso, «persona que se sacrifica vaya usted a saber por qué».

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17May

Preocuparse por chorradas

En Para leer por Pepógrafo / 17/05/2024 / 2 Comentarios

Hay ocasiones en las que nos quejamos sin mucho sentido: «¡Vaya mañanita. Yo pierdo las llaves y a ti se te muere el padre!».

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17May

La Casera

En Para leer por Pepógrafo / 17/05/2024 / 7 Comentarios
La única botella original de la Casera que queda en el mundo

La Casera, del Colaco ya escribiré cualquier día, estuvo presente en mi vida y en la vida de mi familia muchos años.

Dio de beber, y de comer, a generaciones de los míos y la botella transparente formó parte de la iconografía de mi infancia.

No sé cómo, ese agua gasificada y edulcorada, cuyas burbujas salpicaban la nariz al beberla, se convirtió en parte fundamental de la dieta de media España. La otra media bebía sifón, todavía más incomprensible.

En mi casa, mi madre, economista por la Universidad de Kelvinator que se regía por la austeridad y el ahorro en el consumo, La Casera estaba fuera de la norma. Íbamos a botella por día. Se bebía como si cualquier cosa.

Todos los mediodías, al llegar del colegio, me mandaban por una botella al bar Sanz. Como único pago me quedaba los cromos de futbolistas, que venían dentro de un capuchón de papel, envoltorio del sofisticado tapón de la botella. ¡Maldita la gracia! A mí no me gusta el fútbol.

Mi paladar unió las alineaciones del Madrid, Atlético, Osasuna, Sevilla y hasta del Alcoyano con las burbujas azucaradas de la gaseosa.

Pero si en mi casa se consumía, en la de mi abuelo se vivía de ella. Era distribuidor de la marca y tenía el colmo de la sofisticación: casera blanca, de limón y negra.

Lo que yo no sabía entonces es que la botella de La Casera, sin mediar provocación alguna, iba a traicionarme de aquella manera.

La estación de ferrocarril de Atocha significaba para mí la mitad del camino entre Pamplona y Badajoz.

Tras siete horas de viaje en el Ter, llegabas a Madrid Atocha, de donde partía el expreso de medianoche, como en la película, que a la mañana siguiente te dejaría en la estación de destino pintado de carbonilla.

El vagón de cola

Aquella estación era vapor, calor, ruido, silbidos, relojes verdes, maleteros, visitadores golpeando las ruedas de los vagones con largos martillos para conocer su estado, guardafrenos, mozos de equipajes… ¡Viajeros al tren!.

Un reloj verde

Y mi padre, delante con las maletas, y mi madre siguiéndole deprisa hacia el tren conmigo de la mano. Y yo, con una mano en la de mi madre y la otra sujetando la botella de La Casera, sorteando viajeros, visitadores, guardafrenos, jefes de estación, trenes de maletas… Entre el vapor de las máquinas, el quejido de los frenos y relojes verdes a toda velocidad.

Cámara Lenta

Yo inventé la cámara lenta. Y la inventé en la estación de Atocha, cuando aquella maldita botella de La Casera, como si no quisiera seguir el viaje, se me escapó de la mano. Lentamente, muy muy despacio, se estrelló contra el suelo. Lentamente se hizo añicos y lentamente los trocitos de cristal, las burbujas que salpicaban la nariz volaron por toda la estación.

Y se hizo un silencio como nunca he oído. Todo quedó congelado: el vapor de las máquinas suspendido en el aire como si fuera sólido, el chirrido de los frenos, los gritos de los mozos, el olor a carbón. Todo se congeló y las tres mil doscientas personas que estaban en Atocha a las once y veintiocho de aquella fatídica noche volvieron sus miradas hacia mí entre cansadas y burlescas.

Yo me quedé mirando al suelo, rojo como el carbón en la caldera de las máquinas. Así habría estado la Eternidad de la que me sacó mi madre con un tirón de la mano: «¡Vamos que perdemos el tren!».

Nunca más volví a beber casera.

14May

No te escucho, no te oigo

En Para leer por Pepógrafo / 14/05/2024 / 3 Comentarios

¿Te ha pasado alguna vez que estás hablando con alguien y te das cuenta de que no te está escuchando?. ¿De que solo espera a que termines para soltarte su opinión que, por supuesto, es la única válida y verdadera?. ¿De que por más que le presentes argumentos, datos o evidencias, sigue aferrado a su tesis como una lapa y no admite que pueda estar equivocado?. Seguro que sí, porque el mundo está lleno de personas así.

Personas que creen que saben más que nadie, que tienen la razón absoluta y que no necesitan escuchar a los demás. Personas que confunden la terquedad con la firmeza, la ignorancia con la sabiduría y la arrogancia con la confianza. Estas personas son muy divertidas, porque se meten en discusiones absurdas y sin sentido, defendiendo cosas que no tienen ni pies ni cabeza. Por ejemplo, hay gente que cree que la Tierra es plana, que las vacunas son un invento del diablo, que el cambio climático es una mentira o que los extraterrestres nos controlan desde el espacio.

Estas personas no aceptan ninguna prueba científica o lógica que contradiga sus creencias, y se enfadan si alguien les lleva la contraria. Se creen más listos que los expertos, los científicos o los periodistas, y se basan en fuentes poco fiables, como vídeos de YouTube, blogs conspiranoicos o cadenas de WhatsApp. Lo mejor que se puede hacer con ellas es no discutir porque es una pérdida de tiempo y energía. No van a cambiar de opinión aunque el mismo Dios les enseñe una tierra esférica, solo conseguirás frustrarte y enfadarte.

Lo mejor es dejarles hablar, asentir con la cabeza y cambiar de tema lo antes posible. O mejor aún, evitar hablar con ellas directamente. Así te ahorrarás muchos dolores de cabeza y podrás dedicar tu tiempo a cosas más productivas e interesantes. Como por ejemplo, leer textos humorísticos.

Lo Que Captura La Mirada background image

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