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Idanha-a-Velha y Monsanto: dos pueblos portugueses, cuatro piedras romanas y un día para ponerse las botas

Idanha-a-Velha y Monsanto son dos pueblos portugueses que merecen una excursión de un día. Hay excursiones que se organizan para conocer sitios y otras que terminan demostrando que Portugal sabe hacer maravillas con cuatro casas, unas cuantas piedras y un perro que no tiene ninguna intención de levantarse.

Portugal tiene una virtud admirable: es capaz de convertir un montón de piedras viejas en un lugar encantador. En España, con esas mismas piedras, igual montamos una rotonda, ponemos una escultura incomprensible y organizamos una inauguración con tres concejales y una bandeja de canapés.

Pero nuestros vecinos son distintos. Ellos dejan las piedras donde están, pintan las puertas de rojo, barren la calle y permiten que la historia envejezca tranquilamente, que bastante trabajo ha tenido ya durante dos mil años.

Y así aparecen Idanha-a-Velha y Monsanto, dos pueblos portugueses que se pueden visitar en una excursión de un día desde Extremadura y que tienen la saludable costumbre de no parecerse a ninguna urbanización de chalés adosados.

Nos fuimos a conocerlos. Y regresamos con un buen montón de fotografías, las piernas razonablemente castigadas y la sensación de que hay lugares a los que les sienta estupendamente que el progreso no haya entrado dando voces.

Idanha-a-Velha: aquí los romanos estuvieron antes que el alcalde

La primera parada fue Idanha-a-Velha, un pueblo tan tranquilo que, si uno estornuda en una esquina, probablemente se entera la señora que está regando los geranios en la otra punta.

Pero no se dejen engañar por su tamaño. Aquello fue una importante ciudad romana, la Civitas Igaeditanorum, que suena a nombre de medicamento contra la acidez, pero era una población con bastante más importancia de la que hoy aparenta.

Después llegaron suevos, visigodos, musulmanes, cristianos y templarios. Vamos, que por allí ha pasado más gente que por la barra de un bar en fiestas, aunque bastante peor organizada.

Cada civilización fue dejando algo. Una muralla, una iglesia, una torre, una inscripción, unas piedras colocadas encima de otras piedras que ya habían colocado los anteriores. Y el resultado es una maravilla.

Idanha-a-Velha es de esos lugares donde uno camina cinco minutos y se encuentra con dos mil años de historia sin necesidad de sacar una entrada numerada ni ponerse unos auriculares que expliquen lo evidente.

Las murallas romanas todavía recuerdan que aquello tuvo importancia. La antigua catedral de Santa María cuenta, con sus sucesivas transformaciones, que aquí también hubo obispos y ceremonias solemnes. Y la torre templaria, levantada sobre los restos de un antiguo templo romano, demuestra que el reciclaje arquitectónico se inventó muchísimo antes de que empezáramos a separar los envases.

Yo, que soy muy aficionado a mirar las cosas despacio, me entretuve especialmente con los arcos de piedra, las escaleras gastadas y esas paredes de granito que tienen más cicatrices que un torero retirado.

Idanha-a-Velha: las pequeñas cosas también tienen su monumento

Porque lo bonito de Idanha-a-Velha no está solamente en los monumentos. Está también en las casas. En las puertas de madera. En las ventanas pintadas de rojo. En una calle donde la ropa tendida pone una nota de color que ya quisieran para sí algunos museos de arte contemporáneo.

Y en un perro que encontramos durmiendo tan ricamente en mitad del pueblo. El animal estaba allí, tumbado, disfrutando de una tranquilidad envidiable. Ni ladró, ni se levantó, ni hizo el menor esfuerzo por fingir interés en nuestra presencia.

Aquel perro había comprendido el sentido de la vida. Nosotros, mientras tanto, seguíamos haciendo fotografías como japoneses recién desembarcados de un autobús.

Una aldea con más historia que habitantes con prisa

Entre los rincones que merecen una visita están el pelourinho —esa columna de piedra que aparece en tantas poblaciones portuguesas—, los restos arqueológicos, el antiguo lagar y los edificios que conservan la memoria de la vida tradicional.

El pelourinho, por cierto, no es un adorno que colocaran para que saliera bonito en las fotos. Estas picotas estuvieron relacionadas históricamente con la jurisdicción y la autoridad municipal. Que ya sabemos que al poder siempre le ha gustado poner algo en mitad de la plaza para que se note quién manda.

También merece la pena detenerse ante la antigua prensa del lagar, con sus grandes vigas de madera. Aquellos mecanismos tenían una ingeniería tan elemental como ingeniosa: fuerza, palanca y paciencia. Nada de pantallas táctiles ni de aplicaciones que te pidan actualizar la contraseña.

Y es que Idanha-a-Velha tiene ese encanto de los lugares que no necesitan presumir. No hay que buscarle demasiadas explicaciones. Se pasea, se mira, se fotografía y se disfruta. Y cuando uno cree que ya ha visto suficientes piedras para una mañana, resulta que todavía le espera Monsanto.

Monsanto: aquí, cuando encuentran una roca, le construyen una casa

Hay pueblos construidos sobre una montaña. Hay pueblos construidos al pie de una montaña. Y luego está Monsanto, donde parece que alguien tiró desde el cielo una colección de pedruscos descomunales y los vecinos dijeron: «Bueno, pues habrá que hacer las casas por aquí».

Porque Monsanto es eso: un prodigio de arquitectura popular, granito y cabezonería.

El pueblo se encuentra en una ladera rocosa y sus viviendas se acomodan entre enormes bloques de piedra. Algunas parecen encajadas con calzador. Otras aprovechan las rocas como paredes. Y hay rincones donde cuesta averiguar qué estaba primero, si la casa o el peñasco.

Aquí no se trata de dominar la naturaleza. Se trata de ponerse de acuerdo con ella. Y hay que reconocer que los portugueses llegaron a un entendimiento bastante satisfactorio.

Monsanto fue distinguida en 1938 como la «aldea más portuguesa de Portugal», un título que suena a concurso de televisión, pero que forma parte de su historia. Un gallo sobre la Torre de Lucano recuerda aquel reconocimiento.

Lo que no sé es qué opinarían los demás pueblos portugueses de que Monsanto se llevara el premio. Imagino que alguno protestaría, porque en eso los portugueses y los españoles somos primos hermanos.

Callejear por Monsanto y descubrir que las cuestas existen

Lo mejor de Monsanto es perderse por sus calles. Aunque lo de perderse tiene truco, porque con tantas pendientes uno acaba sabiendo perfectamente dónde está: donde le duelen las pantorrillas.

El casco histórico está lleno de callejuelas empedradas, casas de granito, rincones diminutos y vistas que obligan a sacar el teléfono cada dos minutos.

Monsanto: un museo de granito sin taquilla

Las piedras son las protagonistas absolutas. Hay rocas que parecen estar a punto de aplastar una vivienda, aunque llevan allí muchísimo tiempo sin molestar a nadie. Otras forman parte de las construcciones con una naturalidad que deja en ridículo a más de un arquitecto contemporáneo.

Y luego están los paisajes. A medida que se gana altura, las vistas se abren sobre la Beira Baixa, una tierra de horizontes amplios, campos y montes que desde arriba parecen extenderse hasta donde alcanza la vista.

Es uno de esos lugares donde merece la pena guardar el móvil durante unos minutos. Solo unos minutos, tampoco exageremos. Que luego hay que hacer las fotos.

El castillo: arriba del todo, para quienes todavía conserven las rodillas

Monsanto tiene también un castillo medieval situado en lo alto del monte. Y aquí conviene aclarar algo: el castillo no viene a buscar a nadie. Hay que subir.

La recompensa son las ruinas de la fortaleza, los restos de antiguas construcciones y unas panorámicas magníficas.

Pero no es un paseo para hacerlo con zapatos de domingo ni con la misma alegría con la que uno baja al bar a por el periódico. Las calles y los senderos son irregulares, hay pendientes y conviene llevar calzado cómodo, agua y cierta disposición al ejercicio.

También se pueden visitar otros rincones históricos del pueblo, como la Torre de Lucano y la iglesia de la Misericordia, y conocer la relación de Monsanto con el escritor y médico Fernando Namora, que ejerció allí.

Pero tampoco hay que obsesionarse con verlo absolutamente todo. A veces, la mejor visita consiste en sentarse cinco minutos en una piedra y mirar alrededor. En Monsanto, además, encontrar una piedra donde sentarse no suele ser un problema.

¿Y para comer qué? Que tanta cultura abre el apetito

Una excursión sin comida es una actividad administrativa.

Así que lo razonable es dedicar la mañana a Idanha-a-Velha, trasladarse después a Monsanto y buscar un lugar donde comer antes de seguir recorriendo el pueblo.

En esta zona de Portugal la gastronomía tradicional de la Beira Baixa tiene mucho que ofrecer: quesos de oveja, embutidos, platos de cabrito o cordero y otros productos regionales.

Eso sí, no voy a recomendarles un restaurante que no he comprobado ni a prometerles un plato concreto que quizá no esté en la carta. Lo sensato es consultar los horarios y reservar si se viaja en fin de semana o festivo.

Y, por favor, no conviertan la comida en una parada de quince minutos. Estamos en Portugal. Hay que comportarse.

Una excursión para disfrutar sin necesidad de madrugar como un panadero

El plan no tiene ningún misterio. Se sale de Extremadura, se cruza la frontera y se pone rumbo a Idanha-a-Velha. Allí se dedica la mañana a pasear, descubrir su patrimonio y fotografiar los detalles que van apareciendo por el camino.

Después, coche hasta Monsanto. Comida, paseo por el casco histórico y, si las piernas responden, subida hacia el castillo.

La distancia entre ambas localidades es corta, de modo que se pueden combinar perfectamente en una jornada. No hace falta llevar una agenda de ministro ni ponerse una alarma cada media hora.

Lo único verdaderamente importante es llevar calzado cómodo, agua si hace calor y una cámara o un teléfono con espacio suficiente para las fotografías.

Idanha-a-Velha y Monsanto: la fotografía está en los detalles

Y una recomendación más: no se limiten a fotografiar los monumentos. Miren también las puertas. Las fachadas. Las calles vacías. Los detalles cotidianos. A veces una ventana roja sobre una pared de piedra cuenta más cosas que una placa explicativa de quinientas palabras.

Portugal, qué bien te sienta seguir siendo Portugal

Regresamos con la impresión de haber pasado un día estupendo en dos pueblos que no necesitan grandes artificios para resultar extraordinarios.

Idanha-a-Velha es historia en estado puro, pero sin solemnidades innecesarias. Monsanto es una demostración de que se puede construir un pueblo precioso sin mover de sitio todas las piedras que molestan.

Y entre uno y otro hay suficiente patrimonio, paisaje, arquitectura y tranquilidad como para justificar sobradamente la excursión. Si os apetece seguir descubriendo rincones con personalidad, en Pepógrafo también nos hemos ido a tres pueblos de la Siberia extremeña, que no se quedan atrás en encanto ni en historias.

A mí, particularmente, me gustan estos lugares porque todavía conservan algo que escasea: personalidad. No parecen diseñados por un departamento de marketing. No tienen que explicarte cada cinco metros que son auténticos. Lo son. Y se nota.

Así que, si tienen un día libre y ganas de salir de casa, apunten estos dos nombres: Idanha-a-Velha y Monsanto. Para seguir buscando escapadas, tenéis también nuestra sección Por ahí, y, si lo que queréis es un plan cercano, la agenda de Extremadura.

Eso sí, si en Idanha-a-Velha se encuentran al perro durmiendo en mitad de la calle, no lo molesten. Es posible que sea el único habitante que haya entendido perfectamente cómo hay que vivir.

Fotografías del recorrido: Julio Hidalgo Ardila.

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