El misterio de la «talla única» (o cómo fui devorado por una gorra)

Hay conceptos comerciales que tienen más de literatura fantástica que de logística textil. El término «talla única» es, sin duda, el más audaz de todos. Es una promesa de universalidad que, en la práctica, suele comportarse como un agujero negro con visera.

Hace días, paseando el sol sobre mi cabeza, paré delante de Sombrerería Lópeces. Casa fundada en 1912. Recordé aquel magnífico anuncio de la posguerra de otra afamada tienda del ramo que decía. «Los rojos no llevaban sombrero«. Y como quiera que mi cabeza iba tomando ese color sucumbí al reclamo de una gorra. En la etiqueta, dos palabras dictaban mi destino: talla única. Al probármela, no experimenté el ajuste perfecto de la ingeniería moderna; lo que viví fue una abducción en toda regla. Mi cabeza no entró en la gorra; la gorra decidió anexionarse mi cráneo.


La anatomía de una desaparición

Lo que empezó como un simple gesto estético terminó en un rescate de emergencia. El «remolino» de tela se puso a trabajar con una eficacia aterradora:

  • Fase 1 (La Inmersión): Mis orejas desaparecieron bajo el borde, dejando el mundo en un silencio sepulcral de algodón.
  • Fase 2 (El Eclipse): Los ojos fueron los siguientes. De repente, mi horizonte se redujo a la trama del tejido interior.
  • Fase 3 (La Anexión Nasal): Cuando la visera ya descansaba sobre mi labio superior, comprendí que la gorra no me estaba vistiendo: me estaba digiriendo.

¿Es el mundo gigante o soy yo un alfiler?

Ante tal despliegue de amplitud, uno se ve obligado a plantearse la gran duda existencial del consumidor: ¿Significa «talla única» que es válida para todas las cabezas del planeta —desde un recién nacido hasta el gigante extremehttps://pepografo.com/gallery/extremadura/ño— o es que mi cabeza ha sido bendecida con la envergadura de un alfiler?

«La talla única es esa democracia textil donde todos somos iguales, pero algunos somos más invisibles que otros.»

Si la gorra es capaz de albergar mi identidad completa, incluyendo tabique y cartílago auricular, quizá no estemos ante una prenda, sino ante una solución habitacional. Es posible que el fabricante no venda accesorios, sino refugios de lona para quienes desean, simplemente, desaparecer del mapa un rato.

Mañana volveré a la tienda. No a devolverla, sino a preguntar si el modelo incluye ventanas o, por lo menos, un periscopio. Porque si el futuro es de talla única, más nos vale que nos crezca la autoestima, porque la cabeza ya no se nos va a ver.

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