Hoy en día, si un niño no sabe chino mandarín, no programa «Apis» mientras hace el pino en clases de mindfulness y no domina el violonchelo subacuático, básicamente está destinado al fracaso social. Hemos convertido la infancia en una oposición permanente. Los parques están vacíos porque los niños están en centros culturales, sudando en tatamis de judo o aprendiendo a decir «tengo ansiedad» en tres idiomas distintos.
Es de aurora boreal. Los padres de ahora no tienen hijos, tienen fondos de inversión. El lunes toca robótica, el martes violín y el miércoles «refuerzo emocional», que supongo que es donde les enseñan a no odiar a sus padres por apuntarlos a tantas porquerías. Es una esclavitud consentida donde el látigo ha sido sustituido por una suscripción mensual y una equipación oficial de la marca de moda.

Mi «Máster» en Logística de Barrio
En mi época, la única actividad extraescolar que conocíamos era la supervivencia urbana del ultramarinos Angelita. Mi madre, esa gran gestora de recursos humanos, no necesitaba aplicaciones de seguimiento ni horarios plastificados en la nevera. El plan de estudios era sencillo y directo:
- Llegada al centro de alto rendimiento (mi casa): Soltar la cartera (que pesaba como un saco de cemento, pero sin ruedas, para forjar el carácter).
- Dopaje reglamentario: Un trozo de pan con chocolate. Y no era cacao orgánico de comercio justo, no. Era chocolate de ese que si te descuidas te rompe un diente.
- Misión diplomática: «Niño, toma un duro y vete a por la Casera«.
Esa era mi extraescolar. logística y suministros. Nada de GPS; si me perdía, era mi problema. Nada de «trabajo en equipo»; era yo contra la señora de la tienda que siempre intentaba darme el cambio mal. Aprendí más sobre economía real y sobre la liga de futbol, las botellas traían cromos de futbolistas, pesando el casco de la botella retornable que lo que aprenderán estas pobres criaturitas en sus clases de «Emprendimiento para mini-líderes».
La Gran Diferencia
- Antes: Nuestra mayor preocupación era que no se nos acabara el pan antes de llegar a Ultramarinos y Coloniales Angelita .
- Ahora: Su mayor preocupación es que el algoritmo de la clase de ajedrez no les penalice el ranking.
Estamos criando una generación de niños que saben interpretar una partitura de Mozart pero que, si les das una moneda y los mandas a por una gaseosa, probablemente intenten pagar con un código QR o sufran un ataque de pánico por falta de supervisión adulta.
«Y dudo si los apuntan a todo esto por su futuro o simplemente para que no estén en casa recordándoles que ellos también han olvidado cómo se juega.»
