
La novedad del muerto es que, siendo el protagonista indiscutible, está ausente. Obvio es decir que en todos los demás sacramentos el protagonista está ahí, en cuerpo y alma. El bautizo, la comunión, el matrimonio… Hasta en la extremaunción está entero y verdadero. Pero vas y te mueres y sí, entre flores y sollozos, hay alguien que ya no es nadie. Así que, para una vez que todo el mundo habla de ti, bien y mal, tú, callado como un muerto, no puedes decir ni pío.
Recuerdo el velatorio de mi padre. El hombre decidió morirse un 31 de diciembre. Fuera sonaban los matasuegras y dentro, los suspiros, los llantos y la cafetera, que hacía horas extras para atender a toda la tropa doliente.
El salón, alrededor del ataúd, estaba lleno de sillas ocupadas por sombras con pañuelo a la cabeza que se turnaban en la guardia nocturna. Nunca supe de dónde salió tanta mujer, todas desconocidas y todas dolientes. Pensé preguntarle: «Papá, ¿quiénes son todas estas?». Pero, claro, mi padre no estaba allí, y eso me pareció una descortesía y me jodió.
Paralelamente, una invasión de caras compungidas me besaba sin compasión, sin que yo pudiera defenderme y, otra vez, sin saber quiénes eran. Y vuelta a preguntarle a mi padre, y mi padre, mudo.
La otra parte del escenario era la puerta de la calle. Allí, fumando, estaba un escuadrón de hombres que debieron de hacer la mili juntos y que, conforme pasaba el tiempo, hablaban más y más alto. Reían los chistes del cuartel hasta que alguno avisaba de que aquello era un velatorio y serenaba el ambiente.
Y así pasaban las horas hasta que llegaba el cura y todos para la iglesia, mi padre el primero, y de ahí a la eternidad.
Ahora la cosa es distinta. El muerto o la muerta sigue estando ausente de su última fiesta, pero esta ya no se hace en casa.
Tanatorios La Siempreviva. Porque tu último viaje también merece ser inolvidable. ¿Pensando en el futuro? Nosotros ya estamos preparados para recibirte. Una experiencia funeraria diseñada para los clientes más exigentes.
El tema es mucho más aséptico. Los descendientes de las sombras con pañuelo a la cabeza y los de las caras compungidas se reúnen ahora en salas VIP climatizadas, con wifi gratuito. La cafetera es una cafetería con menús para estómagos cerrados por la pena. Hay música personalizada para que cada cual se marche a su ritmo y aparcamiento durante 24 horas, a todas luces innecesario porque te echan a las diez en punto. Pantallas de 65 pulgadas y media docena de ritos funerarios al gusto del finado antes de serlo.
Hay escaparates con coronas dignas de emperadores y mensajes en las pantallas:
«Fallezca cuando fallezca, tenemos un plan para usted. Nosotros ponemos las instalaciones. Usted, el motivo. Porque hay oportunidades que solo se presentan una vez en la vida».
Y así pasan las horas hasta que el ataúd, como el gran Houdini, desaparece tras una cortina y milagrosamente se materializa en el espacio intercultural y religioso, para alivio de los deudos, hartos de tanta IA funeraria.
Y de allí a la eternidad.
Yo estoy en que mi padre no hubiera querido el catering de La Siempreviva. Y yo tampoco.

