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Europa press
Sánchez dice que hasta los votantes del PP le dicen que «menos mal» que estaba el PSOE con la pandemia y la guerra de Ucrania porque con los populares «hubiera sido imposible»

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Tontonews.
El equilibrio regional se puede medir por pequeños detalles. Mañana voy a Barcelona; precio alta velocidad ida y vuelta, 49€. Velocidad media 248 km/h.
El jueves regreso de Madrid a Cáceres. No hay billetes subvencionados 10 días antes. Compro billete para Alvia versión siglo XIX repintado, precio 41€, velocidad media 90Km/h.
Nada más que añadir, señoría.
Julio Hidalgo y Francis Villegas unen su creatividad en la exposición Mirando a Cáceres desde Instagram. Se trata de 24 fotografías publicadas en la red social y con las que pretenden mostrar un punto de vista distinto.

Julio Hidalgo en sus imágenes capta lo visible y lo invisible, pero sobre todo inmortaliza monumentos y paisajes de la provincia de Cáceres ofreciendo perspectivas insólitas y, a veces, imperceptibles a golpe de mirada. De hecho, él mismo reconoce que su intención es aportar los detalles de nuestra contemplación cotidiana. Para ello, extrae del conjunto el detalle y así mostrar ese ángulo ignorado.
Por su parte, Francis Villegas presenta un conjunto de imágenes que reflejan la tradición de la provincia. Las fiestas tradicionales y populares que han marcado el carácter de los cacereños desde sus ancestros.
La exposición se puede contemplar en la fototeca del palacio de la Isla de Cáceres hasta el 5 de abril, de lunes a viernes de 9 a 14.30 y de 16.30 a 20.00 horas.

Publicado en El País
Municipios de Girona promueven hablar solo catalán durante 21 días para evitar la «mala costumbre» de pasarse al castellano.
Digo yo: mi abuelo me enseñó lo de los melones de 21 días, pero no sabía que tuvieran relación con el idioma.
¿Por qué me mira así? ¿Por qué me habla de forma tan ñoña?
Soy una gata, no un bebé y comprendo perfectamente lo que me dice.

Entiendo su idioma. Ella es la que no se entera de nada.
Pero a quién se le ocurre comprar un sillón tan colorido y de una tela tan apropiada para mis uñas. Es el rascador más molón del universo: grande, firme, mullido, cálido y, además, terapéutico.
¡Qué bien me agarro a él! ¡Qué fantástico ejercicio para mis 230 huesos! Y, cuando toca siesta, me acurruco enroscada en el asiento, coloco mi lomo pegado al respaldo, mi cabeza apoyada en las patas delanteras y a dormir.
Yo, feliz; en cambio, esta humana se enfada, cubre el sillón de trapos e intenta ahuyentarme. ¡Qué carácter! Ni que fuera un delito desestresarse.
Por ahora, voy a tranquilizarla: pasaré unos días sin acercarme a mi súper-rascador, pero, en cuanto se confíe, ¡zas! mis zarpas reconquistarán el territorio.
Alma nunca abría el buzón.
Jamás recibía correo. De hecho, ni recordaba cuándo recogió la última carta. Hasta el banco se había olvidado de ella, pero desde hacía unos días en su casillero aparecían mensajes incompresibles y sin remitente:
«No te olvides, pero NPVST*».
Con los primeros pensó que algún amigo le gastaba una broma. Pero preguntó a todos y ninguno sabía de qué hablaba.

Su inquietud crecía y el desasosiego se apoderaba de ella.
Agotada de tratar de descifrar el significado de los mensajes, decidió enviar una nota: «No te olvides. QSQE**».
*No puedo vivir sin ti
**Quiero saber quién eres
Su vida eran los libros. Su vida estaba en los libros. De la mañana a la noche, los libros ocupaban su existencia.
En unos encontraba la aventura; en otros, el conocimiento; en algunos, la recomendación, la amistad, la fraternidad, el amor, el alimento, el reconocimiento…
Ninguno le defraudaba.

Pasaba sus manos por el lomo y las tapas, y ya sentía el vértigo de lo inexplorado y el pálpito del acontecimiento insólito, que le envolvía para trasladar su esencia.
Y aquella noche, con el libro entre sus piernas, sería la última. Ya no habrías más desplazamientos, ni vértigos, ni pálpitos.
Aquella noche, la última noche, con un movimiento rápido, se convirtió en lo que amaba: el libro más sustancial de su biblioteca.
¡Qué sí, chico!; que ya sé que llego tarde, pero, qué quieres. Este ayuntamiento cada día lo pone más difícil y mis piernas ya dan para lo que dan. En fin, no perdamos el tiempo en reproches y al grano.

Te hago un repaso rápido de la semana. A Bruno le ha tocado la lotería. No, hombre, no. No me refiero a la de dinero, sino a que, por fin, ha decidido dejar a esa pelandusca. Ya sabes que nunca me gustó, pero él se empeñaba y no veía más allá de ese cuerpo bonito y esa sonrisa cameladora, pero cínica.
Le avisé porque a mí no me engañó. Ya le dije que nos daría un disgusto y así ha sido. Parece ser que llevaba un tiempo liada con un amigo de nuestro hijo y que todo el mundo lo sabía menos él.
Al final, se ha enterado y la ha puesto de patitas en la calle. Yo ya descanso. Sí, sí, ya sé que ahora toca cuidar de Bruno, apoyarlo, mimarlo y ayudarlo a superar este traspié. ¡Ay, si estuvieras aquí! Todo sería más fácil.
Entre hombres las cosas se llevan de otra manera, pero claro tú, como siempre egoísta, decidiste que para qué seguir viviendo, que ya me encargaría yo de todo, una vez más.
Pues ya ves, sí, me las apaño bien y te necesito para poco, pero… En fin, que me cierran el cementerio y me quedo dentro.
Braulio, hoy no te he traído flores porque la pensión da para poco. A cambio, he limpiado la tumba que, ¡hay que ver!, estas palomas lo que ensucian.
Por cierto, a ver si otro día estás más hablador, que hasta la conversación la llevo yo.
Por Carmen Martínez-Fortún . Publicado en el Periódico Extremadura el 26/02/2023

Cumplir años tiene sus ventajas. Entre ellas el no despreciable hecho de que se sigue viviendo, y, aunque la vida a veces es una mierda, muchísimas más es una aventura irrepetible, fuente de felicidad cifrada en el grado de amor que se reparte y recibe y en el bien que se hace.
Para una, en estos momentos de madurez que, no hace tanto, los frívolos llamarían vejez, lo mejor de cumplir años, siendo mucho, no es la experiencia que enseña a no tomarse nunca nada, y cuando escribo nada es nada y menos que nada una misma, demasiado en serio. Son los nietos. Y la paradoja de que el mundo mágico de los peques, con su ternura, su inocencia y su verdad, es un paraíso auténtico y cercano y conservar la capacidad de divertirse con él y gozar como ellos gozan a medida que se abren a la vida en una curiosidad alegre e insaciable, mantiene la fe viva, la esperanza abierta y el amor pleno.
El otro día un amigo mío que ha pasado también de la edad en que la Celestina se refería a sí misma como una vieja de sesenta años, intentó adoptar un gatito en un conocido refugio de animales de Cáceres; y, con humor, pero también bastante lógico despecho, relataba atónito que le habían denegado la solicitud debido a su edad provecta, pues tienen como norma asegurarse que la adopción dure los quince años de vida media del animalito. Mi amigo afirmaba que no tenía ninguna intención de morirse antes, pero se quedó sin gato. Y una denuncia aquí esa discriminación cruel que, por mucho que se tome con humor, tiene muy poquita gracia.
Siempre la juventud ha estado sobrevalorada -recordemos a Fausto- pero estos tiempos de tiranía de la imagen nos han llevado a una esclavitud de la misma que confunde la lozanía de la piel con las capacidades para procurar un hogar feliz a una criaturita de Dios. No ya la juventud, sino la apariencia de la misma, se ha vuelto religión, olvidando que las verdaderas arrugas salen en el alma y no dependen de los años que se cumplan, sino de la falta de empatía, la intolerancia y la falta de respeto. También a la edad.
Siempre lamentó la compra de ese piso. Demasiado lejos, demasiado alto, demasiado grande, demasiado todo; pero nunca optó por mudarse. Sin embargo, ahora, tras 40 años de quejas, descubría qué le ataba a él.

Si repasaba su vida, apenas encontraba logros, sí muchos momentos anodinos, banales e insustanciales. Ella era, de por sí, insípida. Ahora se percataba que había dejado que su existencia pasara como un tren sin parada en ella misma.
Pero una mañana, recién jubilada, divisó a través de la ventana de su dormitorio a sus vecinos. Primero, fueron unos segundos; después, minutos y, más tarde, horas y días enteros. A veces no veía nada, pero imaginaba qué hacían, cómo eran sus casas, por qué discutían… Aquello que, al principio, le produjo incomodidad, se convirtió en un motivo para vivir, en una adicción, que le exigía más y más. Necesitaba conocer todo sobre aquellos moradores.
Le hubiera gustado ser invisible, pulular entre ellos y formar parte de sus vidas. A falta de magia, acudió a la guarida del espía. En ella encontró los aparatos más sofisticados y de gran alcance que hubiera imaginado: visores nocturnos y térmicos, micrófonos espías, cámaras wifi, transmisores… Un sinfín de cachivaches que le permitieron entrometerse en las rutinas de sus vecinos sin que lo supieran.
Y así, sin proemio, su curiosidad se desbordó, huroneó sin prudencia y fisgó con desmesura.
Ya era capaz de montar y desmontar sus vidas, mientras la suya se desbocaba desenfrenadamente a un abismo despreciable y abyecto, más sombrío y opaco.