Balance de una vida: 14 pisos, 18 coches y 6 periódicos sin ser periodista

Hoy cumplo años y, siguiendo la tradición masoquista del ser humano, me he propuesto hacer balance. No por afán contable, sino por pura cortesía inmobiliaria: quiero dejar el trastero de mi existencia medianamente despejado para los próximos inquilinos, que probablemente serán un par de ácaros con ínfulas y algún recuerdo mal pagado.

En la contabilidad financiera, el balance es la «imagen fiel» del patrimonio. En mi caso, la imagen es más bien un cuadro cubista después de una mala mudanza. Si aceptamos que yo soy el pasivo —esa deuda acumulada con el destino que nunca termina de amortizarse—, veamos qué carajo hay en el activo.

Inventario

El inventario arranca fuerte: un padre con su correspondiente madre (la Mía, con mayúscula reverencial), dos hermanos y dos hijos. Hasta aquí, el patrimonio neto parece estable. Luego vienen los dos amores, que en el libro diario figuran como inversiones de alto riesgo con una tasa de retorno emocional bastante volátil.

He colonizado ocho ciudades y desgastado catorce pisos. Doce de ellos fueron de alquiler, lo que técnicamente me convierte en un mecenas involuntario de la burguesía rentista nacional. He conducido dieciocho coches, lo que sugiere que trato a los vehículos con la misma delicadeza que un niño rabioso a un juguete de plástico. Y he trabajado en 6 periódicos sin ser periodista, lo que demuestra que para vivir la realidad no hace falta el título, sino el oficio de vivirla (o la habilidad de camuflarse entre linotipias y rotativas).


Mantenimiento

En el apartado de «Gastos de Mantenimiento», el cuerpo ha pasado por el quirófano con la frecuencia de quien visita un spa, incluyendo un cáncer que intentó colarse en el consejo de administración sin invitación. Para compensar, he consumido 300.000 cigarrillos. Si los pusiéramos en fila, probablemente llegaríamos a la Luna, o al menos a una insuficiencia respiratoria de proporciones épicas.

El balance social es un jeroglífico: 2,5 amigos (el medio es ese que solo aparece en las bodas pero te sigue queriendo), un número x de enemigos que le dan sabor al caldo, dos perros, dos gatos y una pareja de tórtolas que, sospecho, actúan como auditores externos. He asistido a un número infinito de bautizos, comuniones y entierros, ese ciclo sin fin donde lo único que cambia es el precio del cubierto y la profundidad del agujero.

¿El resultado final? Un número π de fotografías que capturan momentos que ya no recuerdo y mucha música que suena de fondo mientras trato de entender dónde puse las llaves de mi dignidad. El patrimonio neto, al final, es esto: estar vivo para poder contarlo. Y eso, en este mercado a la baja, ya es un beneficio neto envidiable.

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