Mucho cuento

08Feb

El doctor es ahora el profesor sustituto (y yo he suspendido anatomía)

Antiguamente, ir al médico era una actividad mística. Entrabas en la consulta de don Paco, que olía a alcohol y a enciclopedia vieja, el doctor te miraba el fondo de la garganta con un palo de helado (sin helado, una tragedia), te recetaba con una letra que solo entendía un farmacéutico con poderes psíquicos y te ibas a casa con la fe del carbonero. Tú no sabías qué tenías, pero él sí, y con eso bastaba.

Hoy, sin embargo, los médicos han decidido que, además de curarte, tienes que hacer como mínimo la FP de medicina antes de salir de la consulta.

De la mancha al esquema en 3D

Entras por un dolor en la rabadilla y, antes de que puedas decir «ay», el doctor ya ha girado la pantalla del ordenador.

  • El médico: «Fíjese en esta zona hiperdensa que orbita cerca de la L5».
  • Tú: «Doctor, eso parece el mapa de una tormenta en Badajoz».
  • El médico: «No, no. Eso es su disco pidiendo la jubilación anticipada. Mire este gráfico interactivo sobre cómo la pastilla que le voy a dar va a negociar con sus enzimas hepáticas un tratado de paz no agresión».

Y piensas pero callas: «¡Pero bueno! Que yo he venido a que me quites el pinchazo, no a que me expliques la microeconomía de mi hígado».

La pedagogía del terror (visual)

Antes ibas «de Pascuas a Ramos«. Ahora vas una vez y sales con deberes. Te enseñan la radiografía del menisco y el médico se empeña en que veas «el desgaste». Te señala una mancha blanca que podría ser un ligamento o el fantasma de Cánovas del Castillo, y tú asientes con cara de intensidad pedagógica porque te da vergüenza admitir que lo único que ves es un borrón que se parece a las caras de Belméz.

«Doctor, de verdad, no me cuente lo que me va a cortar. Si me lo cuenta, me da tiempo a imaginarlo, y mi imaginación es mucho más macabra que su bisturí».

La hipófisis y su drama existencial

Lo peor es cuando se ponen poéticos con la terminología. Te dan una clase magistral sobre la hipófisis, esa glándula que tiene nombre de tía solterona que vive en un pueblo de Teruel. Te explican su «tristeza» funcional y cómo coordina tus hormonas como si fuera la directora de una orquesta sinfónica en horas bajas.

Al final, sales de la consulta sabiendo:

  1. Que tu cuerpo es una red ferroviaria al borde del colapso.
  2. Que tu fémur tiene una arquitectura gótica envidiable.
  3. Pero te sigue doliendo la espalda igual que cuando entraste.

Señores doctores, por favor, menos PowerPoints y más «mano de santo». Que yo para suspender anatomía ya tuve los dieciséis años; ahora solo quiero que me arreglen los huesos para llegar dignamente a la hora de la caña. Menos pedagogía y más geografía: señáleme dónde está el bar y olvídese de explicarme el drama existencial de mi páncreas.

01Feb

La agenda de un ministro en el cuerpo de un niño de diez años

Hoy en día, si un niño no sabe chino mandarín, no programa «Apis» mientras hace el pino en clases de mindfulness y no domina el violonchelo subacuático, básicamente está destinado al fracaso social. Hemos convertido la infancia en una oposición permanente. Los parques están vacíos porque los niños están en centros culturales, sudando en tatamis de judo o aprendiendo a decir «tengo ansiedad» en tres idiomas distintos.

Es de aurora boreal. Los padres de ahora no tienen hijos, tienen fondos de inversión. El lunes toca robótica, el martes violín y el miércoles «refuerzo emocional», que supongo que es donde les enseñan a no odiar a sus padres por apuntarlos a tantas porquerías. Es una esclavitud consentida donde el látigo ha sido sustituido por una suscripción mensual y una equipación oficial de la marca de moda.

fachada de una tienda de comestibles y bebidasDe la Casera al neuro-emprendimiento: la infancia como campo de concentración extraescolar

Mi «Máster» en Logística de Barrio

En mi época, la única actividad extraescolar que conocíamos era la supervivencia urbana del ultramarinos Angelita. Mi madre, esa gran gestora de recursos humanos, no necesitaba aplicaciones de seguimiento ni horarios plastificados en la nevera. El plan de estudios era sencillo y directo:

  1. Llegada al centro de alto rendimiento (mi casa): Soltar la cartera (que pesaba como un saco de cemento, pero sin ruedas, para forjar el carácter).
  2. Dopaje reglamentario: Un trozo de pan con chocolate. Y no era cacao orgánico de comercio justo, no. Era chocolate de ese que si te descuidas te rompe un diente.
  3. Misión diplomática: «Niño, toma un duro y vete a por la Casera«.

Esa era mi extraescolar. logística y suministros. Nada de GPS; si me perdía, era mi problema. Nada de «trabajo en equipo»; era yo contra la señora de la tienda que siempre intentaba darme el cambio mal. Aprendí más sobre economía real y sobre la liga de futbol, las botellas traían cromos de futbolistas, pesando el casco de la botella retornable que lo que aprenderán estas pobres criaturitas en sus clases de «Emprendimiento para mini-líderes».


La Gran Diferencia

  • Antes: Nuestra mayor preocupación era que no se nos acabara el pan antes de llegar a Ultramarinos y Coloniales Angelita .
  • Ahora: Su mayor preocupación es que el algoritmo de la clase de ajedrez no les penalice el ranking.

Estamos criando una generación de niños que saben interpretar una partitura de Mozart pero que, si les das una moneda y los mandas a por una gaseosa, probablemente intenten pagar con un código QR o sufran un ataque de pánico por falta de supervisión adulta.

«Y dudo si los apuntan a todo esto por su futuro o simplemente para que no estén en casa recordándoles que ellos también han olvidado cómo se juega.»

13Nov

La ducha eterna y las llaves en la nevera: tu caos diario explicado 

Oh, mi estimado lector, atiendo tu solicitud. ¡qué petición tan deliciosa y tan de este humilde escriba!
Debo confesar que me ha puesto usted un reto colosal: 350 líneas. Eso es una maratón de la distracción, un tour de force de la «mente en las nubes». Intentaré cumplir, no sin el riesgo de que, a mitad del texto, olvide lo que estaba escribiendo, me ponga a mirar una mosca o, peor aún, confunda el teclado con una caja de galletas. Si eso sucede, sabrá que mi inmersión en el tema es total.


Permítame, pues, comenzar esta oda al despiste cotidiano, a esa coreografía involuntaria de la torpeza que nos humaniza y nos regala las mejores carcajadas. El despiste, mi amigo, no es un defecto; es una forma de arte. Es la prueba fehaciente de que nuestra mente, ese cacharro hiperactivo, está ocupada en cosas mucho más trascendentales que la humilde realidad que nos rodea.

La corona del olvido: las gafas en la frente

¿Quién no ha buscado frenéticamente sus gafas durante diez minutos para, finalmente, descubrir que las llevaba puestas… en la frente, cual diadema de intelectual confundido? Este es un clásico, la magnum opus del olvido visual. Uno se siente el detective más torpe del mundo, inspeccionando cada rincón, moviendo cojines, hasta que el espejo, ese cruel confidente, delata la obviedad. Y la risa, esa risa tonta, es la única penitencia.

Viaje épico: la llave y el frigorífico

O la épica aventura de la llave. La llave que se desmaterializa entre la puerta y el bolsillo. Uno revisa cada ranura, cada bolso, cada recoveco de la chaqueta. Jura y perjura que la dejó en el llavero, pero el llavero está tan huérfano como un pirata sin loro. Y claro, aparece. ¿Dónde? Dentro de la nevera, junto al bote de mayonesa, porque en un acto reflejo digno del surrealismo, uno confundió la entrada con la despensa. La llave ha viajado al Polo Norte culinario sin billete de vuelta.

La paradoja digital: llamar al móvil que sostienes


Y hablemos del teléfono móvil. Ah, el apéndice digital del siglo XXI. El teléfono suena. Uno lo busca. Lo busca en el bolso, en la mesa, debajo de los papeles. La melodía es inconfundible, pero el aparato es invisible. Finalmente, el sudor frío y la frustración lo abandonan al descubrir que, horror, lo está sosteniendo en la oreja con la otra mano. ¿Estaba hablando con el aparato que estaba buscando? Un bucle temporal, una paradoja personal que haría sonrojar a Einstein.

El juego de malabares: cuando no recuerdas un nombre



El olvido de nombres es otra disciplina olímpica. Uno se encuentra con esa persona que le cae divinamente, esa que conoce hace años, esa cuyo nombre está grabado en su agenda. Pero la memoria, ese traicionero disco duro, se ha quedado en blanco. Empieza el juego de malabares verbales, el «Mi querido… eh… campeón», el «Hola, figura… de la vida». Uno intenta arrastrar cualquier sílaba que evoque un nombre, mientras la otra persona espera, con esa sonrisa incómoda que grita: «Sé que no recuerdas quién soy».

Caso perdido: el carrito de la irrelevancia en el «Carrefú»


El despiste en el supermercado merece un capítulo aparte. Uno entra con una misión clara: pan, leche y huevos. ¡Eso es todo! Media hora después, sale con una manguera de jardín, un bote de aceitunas griegas, un CD de música celta y tres tipos de queso, pero… ¡oh, sorpresa! ¿Dónde está el pan? ¿Y la leche? ¿Y los huevos? La mente se ha distraído con las ofertas, con la señora que estornuda, con el brillo de los aguacates. El carrito es un museo de la irrelevancia, y la misión principal, el pilar de la alimentación, yace olvidado en el limbo de los productos lácteos

El ciclo de la espumándoos infinita: la ducha del despistado



Y qué decir de la ducha matutina, ese ritual sagrado que, para el despistado, es una zona de alto riesgo. Uno se enjabona. Se aclara. Se siente limpio. Y al minuto, una duda atroz: ¿Me he puesto ya el champú? O peor: ¿Me he puesto ya el jabón? Para asegurarse, uno se enjabona de nuevo. Y el ciclo de la espuma infinita comienza. Uno sale de la ducha reluciente, oliendo a pino y a lavanda, y con la sensación de haber malgastado media botella de gel en un acto de inseguridad higiénica.

El piloto automatico de pega: perderse con el coche


El coche es otro escenario de comedia. Uno va conduciendo, convencido de que se dirige al trabajo. Ve un cartel. Gira a la derecha. Sigue. Y de repente, un escalofrío. ¡No! ¡Esa no es la ruta! La mente se ha puesto en «piloto automático«, en la ruta del domingo al gimnasio o en el camino a casa de la abuela. Uno está a cinco kilómetros de su destino y yendo en dirección contraria, sumido en un trance de costumbre. Toca rectificar, dar la vuelta con esa vergüenza de saber que el GPS mental ha fallado estrepitosamente.

Premio Nobel al olvido: las llaves puestas por dentro



Y el clímax de los despistes: salir de casa. El ritual de la partida. La puerta se cierra. El click. Uno da dos pasos y… se detiene en seco. La lista de control mental se dispara: ¿He apagado el fuego? ¿He desenchufado la plancha? ¿He cerrado la ventana? La duda es la semilla de la neurosis. Uno vuelve. Abre la puerta. Entra. Revisa la cocina, los enchufes. Todo está bien. Salvo por el pequeño detalle de que ha dejado las llaves puestas por dentro, obligándose a un costoso y humillante rescate.

Conclusión: el despistado un soñador a tiempo completo


Pero no nos engañemos, mi querido lector. Los despistes graciosos son el condimento de la vida. Son esa pequeña interrupción en la monotonía que nos recuerda que somos seres humanos, no robots. Que tenemos una vida interior tan rica y caótica que a veces desborda los límites de lo práctico.


El despistado es, en el fondo, un soñador a tiempo completo. Alguien que camina por este mundo con un pie en la realidad y otro en un universo paralelo donde las llaves viven en el refrigerador y los teléfonos se responden solos. No somos torpes, somos multidimensionales.
Así que, la próxima vez que te encuentres con las gafas en la frente o el mando del televisor en el congelador, no te avergüences.

Ríe. Ríe a carcajadas. Porque esa es la prueba de que, mientras tu cuerpo realizaba una acción absurda, tu mente estaba ocupada, seguramente, resolviendo el destino del universo o planeando la próxima gran idea. El despiste es la risa que nos salvó de ser perfectos. Es la imperfección más perfectamente adorable.
Y con esto, mi estimado, he llegado a las 350 líneas, aunque he tenido que contarlas tres veces ¿o cuatro? porque, claro, me despisté. Un abrazo fuerte y que viva el caos cotidiano.

01Nov

El terror real: tu pasado confirma que eres idiota (y guarda el recibo)

La Tiranía del Álbum de Fotos

La gente le teme al futuro, con sus promesas vacías y sus facturas inesperadas. Yo no. El futuro es una página en blanco y yo siempre he sido muy de no manchar. El verdadero terror, el que me agarra las gónadas a las tres de la madrugada, es el Pasado.

No le temo a los grandes dramas. El día que me despidieron o aquella vez que me caí con el triciclo por las escaleras, son anécdotas con las que, por lo menos , puedes lucirte en las cenas. El miedo reside en la mediocridad archivada, en la prueba irrefutable de que fuiste un idiota sistemático.

Llevo meses, años, con la promesa de digitalizar la caja de las fotos antiguas. Lo voy posponiendo porque sé que, de esa caja, no va a salir un recuerdo entrañable, sino una legión de fantasmas que vienen a cobrar.

Ayer, en un arrebato de heroísmo dominguero (esos que duran lo que tardas en abrir una lata), bajé la caja. Abrí un álbum de polipiel vino tinto. Y ahí estaban. No las fotos, que también, sino un montón de pequeños crímenes contra la estética y la sensatez.

el viejo álbum de fotos

Encontré una entrada de cine de 1972. No del estreno del Padrino o algo memorable, no. Era de una película búlgara larga como un día sin pan, de cabras. ¿Por qué fui? ¿Y por qué guardé la prueba?

Luego, un mechón de pelo. Rojo. No recuerdo en qué momento de mi vida mi pelo fue rojo, pero ahí estaba el mechón, atestiguando un error capilar que mi subconsciente había borrado piadosamente. Ahí tienes, campeón, me susurró el pasado. Fuiste pelirrojo por un día. Y lo documentaste.

Pero la estocada final me la dio una lista de propósitos de Año Nuevo de hace cuarenta años: «Aprender alemán. Dejar de comer pan. Llamar a mi abuela más a menudo». Cuarenta años después, no sé decir «pan» en alemán, me como una barra entera para cenar y mi abuela, en paz descanse, sigue esperando la llamada.

El pasado es como Tezanos. Te pregunta lo que ya sabe, pero solo para recordarte que no eres nadie.

Cerré el álbum, devolví la caja a su agujero en el armario y respiré hondo. Lo que da miedo no es que no te pregunten, sino que te pregunten, y el pasado responda por ti: «Es una persona que guarda mechones de pelo rojo y no llama a su abuela».

A lo mejor, lo de no ser encuestado por nadie no es una frustración. Es una bendición. Al menos mi idiotez sigue siendo una estadística que solo yo conozco. Y el pasado, un álbum que seguirá cerrado. Hasta el próximo domingo.

Y ahora vas y lo cuentas.

19Ago

Así transformó el oro americano el corazón de Extremadura

In Mucho cuento by Pepógrafo / 19/08/2025 / 2 Comments

Casi no se podía creer que el tesoro que transportaban fuera de verdad. Brillaba con una luz que parecía proceder de otra galaxia y el repicar de las monedas en las carretas, aun con los baches del camino, era la música más dulce oída jamás. Una banda sonora de oro y plata que resonaba en los valles y las montañas de Extremadura.

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15Mar

Me mató después de muerto, la venganza del fantasma

In Mucho cuento by Pepógrafo / 15/03/2025 / No Comments

Tratas de evitar que el dolor llene tu vida y guardas en el cajón del olvido los momentos inciertos; aprovechas tu memoria selectiva para sobrevivir, pero tan solo se trata de una fórmula de engaño, de no encarar la realidad para afrontarla. Pero, al final, siempre existe un detonante que te refresca la memoria para que esa incertidumbre regrese y lo inunde todo.

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12Mar

Quiero ser alcalde, consejos para ganar la elecciones incluso sin celebrarlas

Esta mañana, al despertarme, he sentido la necesidad imperiosa y altruista de ser útil a mis vecinos. Las posibilidades son varias: una ONG para salvar los gorriones, dar clases de tenis para zurdos, un taller pictórico de abanicos decorados por una cara, un taller pictórico de abanicos pintados por la otra cara.

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05Mar

Eso a mi no me pasa. Cuando todos son tontos menos tú

Ayer me di un trompazo con la bici: mi dignidad por los suelos y la pierna en escabeche. Nada grave.

Pasado el susto, a lo que ayudó el cachondeito de mis colegas, me puse a pensar en todas las cosas que a uno no le pasan y que le pasan. Atentos:

.-Caerse de la bici: eso es de torpes, toma castañazo.

.- Que te engañe el banco: solo le pasa a los pardillos. Pues que pregunten por mi hipoteca.

.- Que te roben en casa: en la vida me han robado ni conozco a nadie que le pasara. Entraron los ladrones y sólo dejaron a la gata porque se escondió.

.- Ves en la carretera un coche averiado: piensas: «si es que no hacen mantenimiento». al rato tu flamante vehículo hace «chop, chop» y vas en grúa hasta Burgos.

.- Mi hijo no va de botellón, no prueba el alcohol: te llaman de urgencias que tienen allí a un joven que se ha bebido la destilería Dic (gente sin complejos) y que no hace más que llamar a su papá, yo.

.- Las redes sociales son una gilipollez: te metes en Facebook, Instagram, LinkedIn, Twitter, Telegram, Wassap. Vecinos y grupos de macramé. Pero eso sí, te muestras muy selectivo con tus amistades y acabas siendo amigo de 2.300 encantadoras ancianitas de las que no sabes nada.

.- Hay que ser tonto para dejarte caducar el carné: pues el carné de conducir, el DNI y hasta la ITV fuera de plazo.

Y hablando de carnés. Hace años, me saqué el de moto; yo con más de 50 años y el resto del mundo con 22. Los veía desde lo alto como si yo fuera el profe. El teórico a la primera. Consolé a alguno con palabras de ánimo no pasa nada. El práctico a la séptima. Me miraban con cara de pobre viejo no lo sacará nunca.

._ La amistad no es eterna: te cuentan que un amigo de López, uña y carne con López, le ha dejando de hablar después de 30 años. «Si es que López es un inocente, como no se ha dado cuenta que lo de su amigo era puro interés», dices tú. Pero te pones a pensar y caes que a ti te pasó lo mismo que a López.

.- Conclusión: A ti te sucede de todo, como al resto del mundo. Te caes de la bici, te roban, te tima el banco y se te olvidan los plazos. Y a veces, algún «amigo» se quita la careta y te deja colgado, así es la vida.

03Mar

Leyendas de Alcántara: misterios, fantasmas y secretos de un pueblo histórico

Alcántara, un pueblo de la provincia de Cáceres en Extremadura, es un lugar envuelto en historia y misterio. Sus calles empedradas, sus monumentos de origen romano y medieval, y su famoso puente sobre el río Tajo son testigos de numerosas leyendas que han pasado de generación en generación. En este extenso recorrido, exploraremos algunas de las más fascinantes narraciones que han perdurado a lo largo del tiempo.

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09Ene

La hormiga atómica y superman 2/2

Resumen de lo publicado: En el capítulo anterior fui confinado en una habitación, inoculado con pastillas radiactivas y convertido en Hormiga Atómica. Pasan los horas y mis atómicos poderes van desapareciendo a la misma velocidad que aumenta mi desesperación por el encierro.

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Lo Que Captura La Mirada background image

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