Noventa y un años tenía mi madre cuando decidió morirse. Lo hizo después de dejar los cacharros de la cena limpios, la cocina recogida, por si viene el médico, y el rosario de por la tarde rezado, con las cuentas negras relucientes de puro gastadas. También había recogido la ropa de la plancha y hecho la tortilla de patatas con un diente de ajo para la cena de los deudos. Todo en orden.
Esperé con mis hermanos al costado de la cama a que se despidiera de la vida y de nosotros, pero no hizo nada, cerró los ojos y se murió. Los primeros minutos después de mi madre fueron desoladores. Lágrimas y suspiros y el dolor que se quedó pegado a las cortinas de la habitación y las puso negras sin remedio. Y en medio de aquella tremenda orfandad me asaltó el cerebro un nombre: «Velosolex».
Como un calambre agarré la mano de mi madre todavía caliente y le dije:
—Mamá, ¿y la Velosolex?
Camino del más allá, el alma de mi madre se volvió, me miró y soltó cabreada:
—Hijo mío, qué pasadito eres.
El bus
La Hospitalidad Navarra organizaba su periódica peregrinación a Lourdes. El autobús de la Pamplonesa te llevaba y te traía lleno de fe y buenos sentimientos a ver la Virgen de Lourdes. Y allá que fuimos mi madre, mi tío cura y yo a ver si se obraba el milagro consistente en enderezar mi cabeza hecha polvo de adolescente multidespropósito. De la estancia en Lourdes solo recuerdo la impresión que me dejaron los cientos de enfermos esperando el milagro, una Virgen de plástico fluorescente que aún anda por ahí y la promesa de mi madre.

La Velosolex
La Velosolex era una bicicleta francesa a la que alguien, probablemente después de comer y con un vaso de vino delante, decidió ponerle un motor encima de la rueda delantera.
Tenía 49 centímetros cúbicos, pedales y un rodillo que empujaba directamente el neumático. Corría poco, gastaba menos y tenía la elegancia mecánica de una cafetera con ruedas.
Para arrancarla había que pedalear, detalle que dejaba bastante claro quién mandaba allí.
Casi siempre negra, delgada y ligeramente absurda, llevó a media Francia de casa al trabajo sin prisas ni pretensiones. Y si el motor se ponía estupendo, levantabas el rodillo y seguías pedaleando.
Eso sí que era tecnología híbrida. Y sin enchufe.
Yo me había montado en una que robó Juslapiña de 4º, me sentí libre y liebre en aquel engendro que olía a aceite frito y, hasta que me entró un remordimiento galáctico por haber usado una bicimoto robada, disfruté tanto que el bicho se convirtió en el deseo de mi vida.
Y de vuelta en el autobús comprendí que no se había producido ningún milagro en mí, pero sí en mi madre. La Virgen debió inspirarla y, sin mediar provocación, me miró y me dijo:
—Cuando cumplas 16 años te compraré la Velosolex.
El cansancio, el tedio, el aburrimiento del viaje mariano se esfumaron y en su lugar se instalaron en mi cabeza el anagrama de la bicimoto y la idea fija de cumplir los dieciséis para circular por el paseo Valencia a lomos de aquel hierro negro para envidia de las niñas de las Ursulinas.
El 23 de abril de 3 años después comimos arroz con pollo, mi padre se bebió un quinto de cerveza y hubo pasteles de postre. Esperé el momento oportuno y le pregunté:
—Mamá, ¿la Velosolex?
Mamá me miró como quien ve un ovni y me dijo:
—¿Qué?
Se me aflojaron las piernas y el arroz con pollo se revolvió en mis tripas:
—Mamá, cuando fuimos a Lourdes me prometiste una moto.
Mi madre miró a mi padre con cara de «a este niño no lo arregla ni la Virgen de Lourdes» y me dijo:
—Para motos estoy yo, haz el favor de estudiar más y déjate de motos ni motes.
Y pasaron los años y los cumpleaños y en cada uno de ellos, hasta el último, le pregunté a mi madre por la puñetera moto. Aquello terminó siendo uno de aquellos engaños de los padres que uno no olvida nunca.
Se desesperaba. Me ofreció dinero para comprarla yo. Me juró que ella nunca había prometido aquella majadería.
Muchos años después me compré una moto enorme, preciosa, de esas que no necesitan pedales ni a la Virgen de Lourdes para ponerse en marcha.
En el depósito le hice grabar un nombre:
Velosolex.
Se la enseñé a mi madre. Se quedó mirando el nombre un momento, luego me miró a mí y soltó:
—¡Cómo nos pone las cabezas el Señor!
Y ahí terminó la discusión.
Ella siguió sosteniendo que nunca me había prometido una Velosolex.
Yo seguí sosteniendo que sí.
Y el Señor, prudentemente, nunca quiso meterse en el asunto.

