Textos con guasa
y otras formas de mirar
Pepógrafo — Lo que captura la mirada

Tres engaños (uno de tres)

Los padres y las madres son muchas cosas y también mentirosos. Será que, para olvidarme de los engaños de mayor, hoy me he acordado de tres mentiras que me dieron por saco cuando era chico. Y como los traumas se curan escribiendo, aquí los cuento y encima me sale gratis la consulta.

Para no abusar, voy a contar solo tres de los millones de engaños que he sufrido en mi vida, casi tantos como los que yo he perpetrado.

El primero, no por ello el peor, fue el de la escopeta con tapón de corcho. Sitúate delante del escaparate de una juguetería de la calle Santa Isabel de Madrid: «Juguetería La Estrella, donde cada juguete hace nacer una ilusión».

Tu madre, la que todo lo hace por tu bien, zapatillazo incluido, decide esa mañana que lo mejor para ti es ir a pasear al Retiro con los viejos, hoy tercera edad. Y, sin discusión, te agarra de la mano y tira de ti calle abajo. Pero tus zapatos se clavan en la acera delante del escaparate.

La escopeta te apunta directamente. El tapón de corcho en el cañón te mira con ganas de saltarte un ojo, pero… no puede: está sujeto por un largo cordel que impide el ojicidio y su extravío a la vez. Y allí quedé petrificado, con la cara a un dedo del escaparate, que ya se iba empañando con mi emoción y mi aliento.

—¡Mamá, cómpramela!

—¿El qué quieres ahora?

—¡Esa escopeta!

Los Reyes me trajeron un tanque de plástico que no había pedido y un camión de bombonas de butano que desaparecieron en un día como si, efectivamente, las hubiera servido a domicilio. En mi carta nunca figuraron tales pedidos. Me sentí ninguneado por Sus Majestades y ahora tenía la oportunidad de conseguir algo que verdaderamente me gustaba.

Mamá me miró desde la altura de mis siete años y dijo:

—Anda, si te portas bien y no les tiras piedras a los patos, te la compro.

Y convencido, ilusionado, esperanzado, contento y feliz, agarré la mano de mi madre y tiré para el Retiro pensando que esa era la única dificultad entre la escopeta con corcho y yo.

Pasé la tarde en el parque, mi madre sentada en el banco delante de la estatua del Ángel Caído, cual premonición, y yo viendo pasar toda clase de pájaros con una piedra en la mano y quieto, más bueno que el pan, sin apenas moverme, sin preguntar cada minuto por cosas cuya contestación habitual era un «porque sí». Yo creo que los paseantes que me veían debían pensar que era un enfermito, tan quieto y callado como estaba.

Pasó la tarde tan lentamente que creí que me haría mayor en aquel banco. La piedra siguió en mi mano, resignada a volver al bolsillo, y por fin mi madre se levantó y volvimos a casa.

Según avanzábamos calle arriba, veía al fondo el rótulo de «Juguetería La Estrella, donde cada juguete hace nacer una ilusión», y llegamos al escaparate.

Allí estaba la escopeta con tapón de corcho, nuevecita, reluciente, con toda la fuerza de la galaxia para lanzar el corcho a por lo menos un metro de distancia. Tiré de la mano de mi madre y le dije:

—¡Mamá, la escopeta!

—¿Qué escopeta? —contestó.

De pronto, una sima oscura y profunda se abrió en la acera y me tragaba.

—Mamá, la escopeta que me ibas a comprar si me portaba bien.

—Anda, vamos a casa y juegas con el tanque, que no le has hecho ni caso.

Dos lagrimones como el corcho del cañón se me cayeron sima abajo. La piedra de mi bolsillo cobró vida y quería hacer lo que saben las piedras: dar pedradas.

Y no podía. Era mi madre.

No volví a confiar en la palabra de mamá hasta la cena.

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