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Pepógrafo — Lo que captura la mirada

Qué ver en Oporto: un paseo fotográfico por la ciudad del Duero

Una tarde de enero en Oporto
Una tarde de enero en Oporto

Oporto se llama Porto en portugués, pero al otro lado de la frontera le añadimos una o y nos quedamos tan anchos. Es una ciudad construida a base de cuestas, azulejos y casas que parecen sujetarse unas a otras para no terminar todas en el Duero. Uno llega con intención de dar un paseo y acaba negociando con sus rodillas. Yo fui con la cámara, que pesa menos que una maleta y sirve para justificar las paradas. Estas son algunas de las cosas que se cruzaron por delante del objetivo.

Ribeira

La Ribeira está a la orilla del Duero y tiene ese aspecto de ciudad que se ha vestido con lo primero que encontró en el armario: una casa amarilla, otra roja, otra que ya no sabe de qué color era. El conjunto funciona. El centro histórico es Patrimonio Mundial de la UNESCO, aunque eso no impide que en la plaza de la Ribeira haya terrazas, turistas buscando mesa y gente que intenta pasar entre unos y otros. Por el río se ven los rabelos, embarcaciones que antiguamente transportaban vino. Ahora salen estupendos en las fotos y no tienen que cargar barriles, que también es una forma de progresar.

Puente de Dom Luís I

El puente de Dom Luís I es un enorme armazón de hierro que cruza el Duero sin el menor complejo. Lo proyectó Théophile Seyrig y se inauguró en 1886. Tiene dos niveles, porque al parecer con uno no era suficiente para comunicar Oporto con Vila Nova de Gaia. Desde abajo impresiona; desde arriba, más. Y desde cualquiera de los dos lados obliga a sacar la cámara, aunque ya tengas otras veinte fotos del mismo puente. En Gaia están las bodegas del vino de Oporto. Se pueden visitar, aprender cómo se elabora y probarlo. La última parte suele requerir menos explicaciones que las anteriores.

Barrio de la Sé

Para llegar al barrio de la Sé hay que subir. En Oporto casi todo lo interesante parece estar cuesta arriba, incluso cuando acabas de bajar de otra cuesta. Allí está la catedral, que empezó siendo románica y fue acumulando reformas, como esas casas en las que cada generación añade una habitación. Desde sus alrededores se ven tejados, callejones y buena parte de la ciudad. Más allá aparece la Torre dos Clérigos, otro lugar desde el que contemplar Oporto si todavía te quedan piernas. Yo recomiendo mirar también hacia los lados mientras caminas: a veces una fachada desconchada tiene más conversación que un monumento entero.

No todo en Oporto son iglesias antiguas y azulejos. También tiene el Museo de Arte Contemporáneo de Serralves y la Casa da Música, un edificio que parece llegado de otro planeta y que, sin embargo, se dedica a algo tan terrestre como organizar conciertos. Son buenas opciones para quien disponga de más tiempo y quiera cambiar de siglo sin cambiar de ciudad. Antes de ir conviene consultar horarios y programación. El arte contemporáneo ya resulta bastante desconcertante a veces como para encontrarse además la puerta cerrada.

La estación de São Bento tiene las paredes cubiertas de azulejos que cuentan episodios de la historia portuguesa. Uno entra a verlos y casi se olvida de que aquello es una estación y de que hay gente que necesita coger un tren. Cerca está la librería Lello, famosa por su interior y por las colas que se forman para entrar. Se le atribuye una relación con Harry Potter que se ha repetido tantas veces que parece una verdad oficial, aunque no está demostrada. No le hace falta: la librería es suficientemente singular sin ponerle una varita mágica. Eso sí, comprueba las condiciones de entrada antes de presentarte allí.

Los Jardines del Palacio de Cristal permiten descansar de las cuestas, del tráfico y de la obligación turística de verlo todo. Hay árboles, senderos y miradores hacia el Duero. Es un lugar apropiado para sentarse un rato y fingir que uno ha venido a meditar, cuando en realidad está esperando a que las piernas vuelvan a responder. Si queda luz, todavía se puede sacar alguna fotografía más. Siempre queda alguna.

Oporto no necesita que nadie la llame «joya oculta». La conocen millones de personas y, por lo que se ve, bastantes han decidido visitarla el mismo día. Aun así, conserva rincones que merecen una parada, una fotografía o las dos cosas. Yo me traje imágenes de fachadas, puentes, calles y del Duero pasando por debajo de todo aquello con una tranquilidad envidiable. También la certeza de que la próxima vez llevaré la cámara. Y unas piernas de repuesto.

2 comments

  1. juan
    08/10/2026 at 14:12 — Responder

    muy agradable el pasear contigo, como siempre. No se como no te de dicaste a esto, en lugar de las tonterias que hicimos…. un abrazo

    1. Pepógrafo
      08/10/2026 at 14:22 — Responder

      Todo se puede hacer en la vida, incluso divertirse

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