La combustión

¿Qué pasa? ¿Qué es este envoltorio que me cubre? ¿Y este frío? ¡Ahhhh! ¡Qué daño! ¿Con qué me he dado? Intento incorporarme, pero mi cabeza choca contra un techo y, al girar, mi cuerpo topa contra una pared. No puedo flexionar ni los brazos ni las piernas. ¿Dónde demonios estoy?

Un ataúd. (Foto: Pexels)

Parece una habitáculo del tamaño de mi cuerpo. ¿Qué hago aquí? ¿Quién me ha metido en esta especie de cabina angosta? Si es una broma, no tiene gracia. Menos mal que no me acongojan los espacios pequeños y oscuros porque abro los ojos, y la negrura rebota. Al menos, respiro, aunque exhalo vaho por mi boca y empiezo a sentir un tembleque que ni el baile de San Vito.

A ver, Fermín, cálmate, que con tanta excitación jadeas como si hubieras terminado la maratón de Nueva York y el cerebro se te embota. Venga, relájate, haz memoria, ¡qué ha ocurrido!.

Gritos

Nada, que la sesera no quiere trabajar. Por más órdenes que doy, esta mollera ha perdido las conexiones, como si se hubiera borrado el disco duro.

Un momento. Oigo ruidos; alguien se acerca. Voy a tratara de llamar su atención. ¡Por fin, me muevo! Parece que me deslizo.

¿Oiga, oiga, me oye? Soy Fermín. Ayúdemeeeeeee. Pero será mentecato. No me escucha y me desgañito. Me estoy quedando si voz de tanto gritar.

¿Y este bamboleo? Cuidado que me caigo. Y ahora me meten en un espacio más pequeño que el anterior.

Noto que me arrastran lentamente y percibo calorcito. ¡Uy, qué gustito! Parece que la mudanza ha sido para mejor.

Pero, ¡socorrooooooo, fuegoooooo! Me quemo, me chamusco y estoy vivoooooooo.

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