A toda pastilla
Hasta ahora he observado con suficiencia a todos mis amigos que tienen que tomar una pastilla cada mañana para aliviar múltiples dolencias: Benedicto, Felipe, Paco, Sonia, Carmen…
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Se va yendo
mi voz…
su resonancia clara.
Mi voz…
desnuda
se pierde
en la maleza.
Mi voz…
sin salida,
rendida,
adormecida,
quedó vacía
de letras.
Seca y muda,
cual temblor
de la rama
que lucha
contra las ráfagas
de otoño.
Sola y perdida.
Sin eco alguno,
se deshace
en el agua
como un papel
en blanco.
Diluida…
falsa nieve
abatida,
derrama
su mutismo
estático
como ave
que no vuela,
vencida
en su canto.
Apenas un latido,
callado grito
abortado.
Tan sólo…
un hilo fino
(vital,
escuálido
y rebelde)
permanece
horadando la piedra
del silencio,
trascendiendo
impasible,
los espacios de mi aliento…
apenas inaudible.
Octubre 2024
Nota de la redacción: María Prieto Sánchez, se inspiró en esa foto de pepografo para escribir el poema publicado en su cuenta de instagram https://www.instagram.com/mariaprietosan?igsh=c255ZWV3aGJqMHNk, yo, más contento que unas pascuas lo reproduzco aquí.
Entre los viejos de mi familia, a menudo, para describir cuando alguien se hace daño a sabiendas exclamaban: «¡Me pegó el cabo, que se joda el cabo!». Probablemente esa frase hiera las múltiples y finas sensibilidades actuales, pero no se me ocurre otra mejor para definir actitudes gilipollescas.
Read more →Hace tiempo que vengo observando como a las puestas de sol acuden miles de personas, que embobadas, miran el horizonte por donde se pone la estrella, y con el último rayo de luz, rompen en fervorosos aplausos, incluso piden bises, sin que hasta el momento, que se sepa, el sol haya repetido su puesta, por más peticiones que se produzcan. Se ve, que el sol no entiende de horas extras.
Intentando remediar la pereza solar, dejo aquí unos cuantos ocasos para los muy cafeteros.
Pincha la foto y se te hará grande, pero grande
De nada

































Los trampantojos de Romangordo, en la provincia de Cáceres, representan una innovadora iniciativa de arte urbano que ha transformado a esta pequeña localidad en un museo al aire libre. Con una comunidad de aproximadamente 300 habitantes, Romangordo se ha convertido en un destino turístico gracias a sus impresionantes murales y trampantojos, atrayendo visitantes de todo el país y del extranjero.
Read more →Las picotas, también conocidas como rollos de la justicia o rollos de la ley, eran instrumentos de señalización y control social que las autoridades usaban en Europa durante la Edad Media y la Edad Moderna. A lo largo de la historia, estos símbolos de poder y justicia adoptaron diversas formas y funciones, cambiando su significado y la manera en que las distintas sociedades los empleaban.
La picota tiene sus orígenes en la antigua Roma, donde las autoridades colocaban estructuras similares para señalar la presencia de poder judicial o gubernamental. Sin embargo, el uso de la picota tal como se conocía en la Edad Media comenzó en los siglos XI y XII, coincidiendo con el auge de los sistemas feudales en Europa. En aquellos tiempos, las picotas consistían en postes o columnas que se erigían en lugares públicos, como plazas de mercado, cruces de caminos y entradas a las ciudades, para señalar la autoridad legal.
Además de cumplir una función simbólica, las autoridades empleaban las picotas como herramienta de castigo y humillación pública. De esta manera, la picota se asociaba con la justicia y marcaba el lugar donde las autoridades ejecutaban las penas o hacían públicas las decisiones judiciales.
Con el tiempo, los monarcas, señores feudales y otras autoridades locales adoptaron las picotas como símbolo de su poder y soberanía. Las picotas imponían el orden y reflejaban la jerarquía en las sociedades medievales, donde la ley emanaba directamente de la autoridad suprema, ya fuera el rey, el noble o la iglesia.
Además de su función simbólica, las autoridades utilizaban las picotas para castigar públicamente a los delincuentes. Los castigos incluían el tormento físico, la exposición pública, la flagelación o la pena de muerte. En estos lugares, las autoridades exponían a los delincuentes al escarnio público, con el fin de advertir a la población sobre las consecuencias de infringir la ley.

En muchas ciudades medievales y modernas, la picota ocupaba el centro de la vida judicial. Los tribunales locales o las autoridades judiciales reunían a los acusados y testigos en su base para dictar sentencias. Esta estructura, frecuentemente acompañada de una campana o campanario, anunciaba las horas y decisiones judiciales, dando a las comunidades la sensación de que las autoridades aplicaban la ley de manera firme.
Las autoridades también imponían penas judiciales a través de la humillación pública mediante las picotas. Colocaban a los infractores de la ley en la picota, donde el público los sometía a burlas, insultos e incluso agresiones físicas. Este espectáculo público buscaba disuadir a otros, recordando a la población la existencia de un sistema judicial severo y punitivo.

En España, la picota se convirtió en un elemento central en la administración de la justicia desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Durante la Edad Media, las autoridades colocaban las picotas en lugares estratégicos de las ciudades, como en las plazas principales, donde la gente se congregaba para escuchar los anuncios de las autoridades locales. Además de su función punitiva, la picota en España representaba claramente el poder del rey y de los tribunales eclesiásticos, que muchas veces superaban en autoridad a los tribunales seculares.
En la región de Extremadura, estas estructuras también alcanzaron un notable simbolismo. Ejemplares de picotas históricas aún se conservan en varios municipios extremeños, como en el caso de Garrovillas de Alconétar, Plasencia y Trujillo. Allí, las picotas no solo funcionaban como centro de la justicia local, sino que también simbolizaban el poder feudal de los señores de la zona. La picota en Garrovillas, por ejemplo, destaca por su estilo gótico y gran altura, siendo uno de los ejemplos mejor conservados de España. Estas estructuras, aún visibles en la actualidad, conservan la memoria de cómo se imponía la ley en las pequeñas poblaciones de Extremadura.
En el siglo XVI, con el auge del sistema judicial centralizado en el Imperio Español, las picotas se asociaron estrechamente con las cortes reales y con el derecho divino. En este periodo, las picotas comenzaron a tener decoraciones arquitectónicas más elaboradas, subrayando su importancia simbólica como emblema de la justicia real. La Santa Inquisición también utilizaba las picotas para aplicar la justicia eclesiástica a los herejes y a quienes violaban las normas religiosas.
A medida que avanzaba la Edad Moderna, las autoridades dejaron de usar las picotas como instrumentos de castigo físico directo, pero mantenían su función simbólica en representación de la justicia. Durante el Renacimiento y la Edad Moderna, la picota fue gradualmente reemplazada por otros métodos de control social, aunque continuó siendo parte relevante de la cultura jurídica popular.

En muchos países europeos, las picotas se mantenían en pie como recordatorios visibles de la ley y el orden. Sin embargo, en las ciudades más grandes, donde se fortalecía la administración centralizada, las picotas pasaron a representar de manera más abstracta la autoridad judicial. En algunos casos, las autoridades utilizaron las picotas únicamente para leer sentencias y juicios en público, ya no como un lugar para castigar o exponer a los delincuentes.
Con el paso de los siglos, el uso de la picota comenzó a declinar, especialmente durante los siglos XVIII y XIX, cuando las ideas ilustradas sobre los derechos humanos y el castigo influyeron en el pensamiento europeo. A medida que las ciudades crecían y se modernizaban, el sistema judicial se institucionalizó de manera más formal, y la picota perdió gran parte de su relevancia.
En España, por ejemplo, la picota desapareció como símbolo de la justicia a lo largo del siglo XIX, mientras el sistema judicial se reformaba con leyes como la Constitución de Cádiz de 1812, que promovía una justicia más moderna y menos vinculada a prácticas medievales. Sin embargo, algunos pueblos y ciudades más pequeños, como los de Extremadura, mantuvieron sus picotas como vestigios de una época pasada.
Aunque las autoridades ya no utilizan las picotas como instrumentos de justicia, su legado permanece en la cultura popular y en la simbología de la justicia. Hoy en día, las picotas que algunas ciudades y pueblos europeos aún conservan se preservan como monumentos históricos, recordando el pasado judicial y social de esas comunidades.
En muchos lugares, el término «picota» ha pasado a ser sinónimo de exposición pública y de castigo, y su imagen sigue simbolizando la autoridad. Actualmente, algunas ciudades conservan réplicas de picotas en plazas públicas o museos, lo que permite a las nuevas generaciones comprender cómo se ejercía la justicia en tiempos pasados.
Las picotas o rollos de la justicia, que alguna vez representaron poder, control y castigo público, ahora quedan solo como recuerdos de un sistema judicial que ha evolucionado a lo largo de los siglos. Sin embargo, su historia refleja la profunda relación entre el poder, la ley y la sociedad en el pasado, y ofrece una ventana para entender cómo las sociedades medievales y modernas gestionaban el orden y la justicia en sus comunidades.
Esta mañana llovía a cántaros, mis pies estaban sumergidos en las fosas Marianas, podía pasar por pez, anfibio, pulga de agua o cualquier otro bicho acuático. No había taxis, los autobuses no paraban y me dio por pensar todas las cosas que no suceden cuando las necesitas. Un dos tres, responda otra vez:

Mientras pensaba todas esas desgracias paró a mi lado un coche rojo, bajo la ventanilla, y una pelirroja de cine me dijo que me llevaba. Sentí tanto calor que mis pies flotaron sobre las aguas y se me secaron hasta los lagrimales de la impresión.
Cuando volví en mi, los municipales me estaban multando por atravesar la calle si mirar y casi ser atropellado por un coche rojo.
Extremadura es arte y ejemplo. Vetones, romanos, visigodos, musulmanes… dejaron su impronta en construcciones y, muchas de ellas, perduran en el tiempo y constituyen un reflejo de ese pasado esplendoroso que conforma el perfil de una región cuyo patrimonio la hace poseedora de innumerables títulos nacionales e internacionales.
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El Acueducto de las Herrerías, ubicado en Campillo de Deleitosa, Cáceres, es una obra hidráulica que data probablemente del siglo XVII, aunque algunos indicios apuntan a que sus orígenes podrían remontarse al siglo XV.
Read more →Visto el título, a más de dos no les apetecerá ni seguir leyendo ni lo otro. Para quienes mantengan impasible el ademán, ahí va.
El recreo se hacía en el patio interior del edificio del colegio, formado por las traseras de la caja de ahorros y las paredes de la iglesia. Era un espacio estrecho que no conocía el sol ni en agosto. El suelo de cemento acumulaba una suerte de barrillo gris, producto de las cientos de pisadas de los niños —no había niñas— que lo ensuciaban todo con sus botas gorila.
De aquel lugar guardo dos recuerdos imborrables, como las manchas de mora: uno erótico y el otro gastronómico. El primero es heredero del segundo, pero a efectos de esta historia invertiré el orden.

El caso es que aquella mañana de febrero hacía frío, mucho frío. A las 11 nos mandan al recreo. Salíamos con abrigo, gorro y, los más pijos, hasta con guantes. Vigilados por don José Duclos, cuyo apellido no olvidaré nunca porque lo escribía en la pizarra para que le mandásemos regalos en Navidad, nos dedicamos a corretear por el mini patio, nos quitamos el frío y relajamos el culo, tieso como un palo después de dos horas de pupitre; de paso, caía el bocadillo de mortadela del martes. Don José vigilaba, entre cigarro y cigarro, y atendía al pelota de turno que tenía necesidad de consultarle la regla de tres a aquel portento de las matemáticas.
Mediado el recreo de media hora, don José Duclos se marchaba a tomar un café, dejando en su lugar un montón de colillas como recuerdo.
El alivio de su ausencia nos dejaba mostrarnos como éramos: unos auténticos cafres y disfrutar de unos minutos para el recreo como Dios manda. No consta que Dios mande en los recreos, pero es lo que hay.
A menudo, el currusco del bocadillo era tan duro que acababa tirado en el suelo y usado como pelota. Así, el patio, tras el recreo, parecía los restos de una panadería bombardeada, lleno de trozos de pan.
Y en aquel recreo, alguien tuvo la brillante idea de montar una guerra de curruscos.
Dos ejércitos de niños con las mejillas rojas de frío se enfrentaron a curruscazos, tirándose la abundante munición que había en el suelo. La victoria no estaba clara para nadie, y los panes volaban de un lado al otro del patio, hiriendo de mierda a quienes les caían .
Y en esto apareció don José. Su llegada fue anunciada por el humo de su permanente colilla. Tras él, sus ojillos fríos y todo arropado con su gabardina de Roberto Alcázar.
La guerra se detuvo de inmediato; los panes cayeron al suelo como el plomo, y la paloma de la paz sobrevoló nuestras cabezas.
Los dos ejércitos nos rendimos ante Duclos; solo nos quedaba esperar la pena impuesta.
Lo primero que hizo fue ponernos en formación de cuatro en fondo. Después, cual general Patton, nos arengó hablando del pan bendito, del hambre de los chinitos y del hombre del saco. Por último, ordenó recoger del suelo pringoso un currusco a cada uno de nosotros, y a la voz de «ya», hizo que nos los comiéramos.
La escena podía formar parte de alguna película del neorrealismo o de algún cuento de Dickens. Treinta o cuarenta muchachos mordisqueando aquel pan pringoso de barrillo, vigilados por aquel SS.
A algún listillo que había cogido un currusco medio limpio, don José Duclos se lo hacía rebozar por el suelo hasta que quedase bien empapado, y así, todos nosotros —menos el pelota de la regla de tres— supimos lo que es comer mierda.
PD: La parte erótica del cuento está pasando la censura eclesiástica. Cuando obtenga el Nihil Obstat, la publicaré.