Hay construcciones que parecen puestas en el paisaje para que uno se pregunte qué hacen allí. El acueducto de Las Herrerías es una de ellas.
Está cerca de Campillo de Deleitosa, en Cáceres, y forma parte de una antigua conducción de agua ligada a las herrerías de la zona. La fecha exacta de su construcción no está del todo clara, así que mejor no obligarlo a cumplir años que nadie puede demostrar.
La conducción recorre varios kilómetros aprovechando y salvando un terreno que no se lo pone precisamente fácil. El agua servía para proporcionar fuerza a la actividad de las antiguas herrerías. Visto hoy, entre monte y piedra, cuesta imaginar aquello funcionando como una instalación industrial.

Lo más llamativo llega cuando la conducción tiene que salvar el desnivel y aparecen los arcos de piedra. Ahí deja de parecer una simple acequia y uno entiende el trabajo que hubo que hacer para conseguir que el agua siguiera exactamente por donde interesaba.



Aquella agua tenía trabajo. El sistema estuvo ligado a la actividad de las herrerías y, con el tiempo, también se aprovechó para producir energía. Hoy ya no hace falta que mueva martillos ni máquinas. Le basta con explicar, bastante bien por cierto, cómo se las ingeniaban para llevar la fuerza del agua hasta donde hacía falta.







El recorrido atraviesa además uno de esos paisajes cacereños en los que la obra termina mezclándose con el terreno. A ratos se mira el canal; a ratos, la garganta; y a ratos cuesta decidir cuál de los dos ha venido a ver uno.
Seguir el agua
El interés de Las Herrerías no está solo en llegar hasta los arcos. Está también en seguir el recorrido y ver cómo la conducción se adapta al relieve. El agua tenía que llegar. El terreno podía opinar lo que quisiera.
Al final queda una obra medio escondida en el paisaje, larga, fotogénica y bastante menos conocida de lo que cabría esperar. Quizá por eso tiene gracia encontrarla. No hace falta que todo lo interesante tenga una taquilla delante.

