
El despecho, ese sentimiento absurdo que nos hace actuar como detectives novatos en las redes sociales. Te conviertes en el Inspector Gadget de los corazones rotos, con una lupa virtual y un radar emocional que solo detecta «me gusta» y «me encanta».
Read more →Como dice que decía su abuelo, mi amigo Paco suelta la frase de: «Nieto, hay cosas que yo no tenía que haber conocido.
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«Mi gato es tan amable que me deja vivir con él. Es una verdadera bendición tenerlo en mi vida. Me encanta cómo me mira con esos ojos fríos y calculadores, como si estuviera planeando algo malvado, como mi marido . Me encanta cómo se me acerca cuando quiere algo, como mi marido , cual si fuera un rey y yo su súbdita.
A veces me pregunto si mi gato está tratando de enseñarme algo. Tal vez está tratando de enseñarme a ser más independiente, a no depender tanto de los demás. O tal vez está tratando de enseñarme a ser más astuta a planear mis movimientos con anticipación.
Pero enseguida me doy cuenta de que mi gato no está tratando de enseñarme nada, simplemente está disfrutando de su vida como rey del mundo , mientras yo hago todo el trabajo sucio. El sabe que puede contar conmigo para alimentarlo, acariciarlo y limpiar su arenero.
Y yo estoy feliz de hacerlo, porque sé que nunca encontraré un compañero más leal y amoroso que mi gato. El es el mejor amigo que cualquier persona podría pedir, siempre y cuando le des lo que quiere. Como mi marido
Mi gato y mi marido se llaman igual: Carmelo . ¡Aún no sé por qué !

«Mi gata es tan amable que me deja vivir con ella. Es una verdadera bendición tenerla en mi vida. Me encanta cómo me mira con esos ojos fríos y calculadores, como si estuviera planeando algo malvado, como mi mujer. Me encanta cómo se me acerca cuando quiere algo, como mi mujer, cual si fuera una reina y yo su súbdito.
A veces me pregunto si mi gata está tratando de enseñarme algo. Tal vez está tratando de enseñarme a ser más independiente, a no depender tanto de los demás. O tal vez está tratando de enseñarme a ser más astuto, a planear mis movimientos con anticipación.
Pero enseguida me doy cuenta de que mi gata no está tratando de enseñarme nada, simplemente está disfrutando de su vida como reina del mundo , mientras yo hago todo el trabajo sucio. Ella sabe que puede contar conmigo para alimentarla, acariciarla y limpiar su arenero.
Y yo estoy feliz de hacerlo, porque sé que nunca encontraré una compañera más leal y amorosa que mi gata. Ella es la mejor amiga que cualquier persona podría pedir, siempre y cuando le des lo que quiere. Como mi mujer.
Mi gata y mi mujer se llaman igual: Carmen. ¡Aún no sé por qué !

La historia del monasterio del Palancar es muy interesante y curiosa. Se trata del convento cristiano más pequeño del mundo, con apenas 72 metros cuadrados¹. Fue fundado en 1557 por San Pedro de Alcántara, un fraile franciscano que buscaba la máxima pobreza y austeridad¹². El monasterio se encuentra en el municipio de Pedroso de Acim, en la provincia de Cáceres, Extremadura¹⁵.
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Mi mujer se queja porque arrastro los pies al andar. Eso también se lo decía mi madre a mi padre. Afirma que es una falta de respeto, una señal de pereza, una manía insoportable. Que debería levantar los pies, que debería caminar con energía, que debería cuidar mi postura. Y yo no lo entiendo. ¿Qué tiene de malo arrastrar los pies? ¿Qué daño le hago a nadie? ¿No es una forma de ahorrar esfuerzo?.
Se queja por todo. Porque arrastro los pies por la casa, porque arrastro los pies por la calle, porque arrastro los pies por el trabajo, porque arrastro los pies por el supermercado, porque arrastro los pies por el cine, porque arrastro los pies por el restaurante, porque arrastro los pies por el parque, porque arrastro los pies por la cama… Y yo no me quejo. Yo acepto sus defectos, sus caprichos, y no me quejo de sus maratonianas jornadas ante la televisión, viendo corridas de toros, tumbada en el sofá con sus piernas encima de mi.
Ella dice que soy un desastre, que no tengo remedio, que soy un caso perdido. Que debería cambiar, que debería mejorar, que debería evolucionar. Pero yo no lo veo así. ¿Qué necesidad hay de cambiar? ¿Qué hay de malo en ser como soy? ¿No es mejor ser auténtico?
Se queja porque arrastro los pies al andar. Y yo no me quejo porque ella se queja. Es una situación absurda, una discusión ridícula, una tontería monumental.
Quiere que yo deje de arrastrar los pies, pero yo no pienso dejar de hacerlo. Dice que así no podemos seguir, pero yo digo que así estamos bien.
Ella dice que va a pedir el divorcio, pero yo digo que no hace falta. Dice que no me soporta, yo no digo nada. Ella dice que soy un idiota, pero yo digo que soy feliz.

Te quiero, pero no te quiero. Eres como ese plato de comida que está en la nevera desde hace semanas. Sé que está ahí, pero no tengo ganas de comerlo. Eres como ese programa de televisión que siempre está en la guía, pero nunca me animo a verlo. Eres como ese par de zapatos que compré en oferta y que nunca uso porque me hacen daño en los pies.
Te quiero, pero no te quiero. Eres como ese chiste malo que siempre cuento y que nadie entiende. Eres como esa canción pegajosa que no puedo sacarme de la cabeza, pero que me hace querer arrancarme los oídos. Eres como ese libro que tengo en la mesita de noche y que nunca termino de leer.
Te quiero, pero no te quiero. Eres como ese vecino ruidoso que siempre pone la música a todo volumen a altas horas de la noche. Eres como ese mosquito que zumba en mi oído cuando intento dormir. Eres como esa película aburrida que todos aman, pero que a mí me parece un completo desastre.
Te quiero, pero no te quiero. Eres como ese juego de mesa al que todos quieren jugar, pero yo prefiero quedarme en casa viendo Netflix. Eres como esa fiesta a la que todos van, pero yo prefiero quedarme en pijama comiendo helado.
Te quiero, pero no te quiero. Eres como ese mensaje de texto al que nunca respondo porque no sé qué decir. Eres como esa llamada perdida que veo en mi teléfono y decido ignorar. Eres como esa persona a la que le digo “nos vemos pronto” sabiendo muy bien que nunca más nos veremos.