Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Mártir Patricio Clito Ruiz y Picasso (Pablo Picasso).
Vivir solo es una maravilla. ¿Quién necesita una pareja, una familia o unos amigos cuando se tiene a uno mismo? Aquí hay algunas de las ventajas de vivir solo:
No tienes que aguantar a nadie. Ni sus ronquidos, ni sus manías, ni sus quejas, ni sus dramas. Tú eres el rey o la reina de tu castillo, y nadie te molesta ni te contradice. Puedes hacer lo que te dé la gana, sin importarte lo que piensen o sientan los demás.
No tienes que compartir nada. Ni la cama, ni el baño, ni el sofá, ni el mando a distancia. Todo es tuyo, y solo tuyo. Puedes acaparar todo el espacio, todo el tiempo y toda la atención. No tienes que ceder ni un centímetro, ni un segundo, ni un gesto.
No tienes que preocuparte por nada. Ni por la limpieza, ni por la comida, ni por las facturas, ni por los planes. Tú vives al día, sin responsabilidades ni compromisos. No tienes que organizar nada, ni recordar nada, ni cumplir nada. Puedes salir en bici sin horario.
No tienes que cambiar nada. Ni tu forma de ser, ni tu forma de pensar, ni tu forma de vestir, ni tu forma de vivir. Tú eres perfecto o perfecta tal como eres, y nadie te pide que mejores ni que evoluciones. No tienes que aprender nada, ni adaptarte a nada, ni crecer en nada.
No tienes que sufrir por nadie. Ni por el amor, ni por el desamor, ni por la soledad, ni por el abandono. Tú eres feliz con tu propia compañía, y nadie te hace daño ni te decepciona. No tienes que sentir nada, ni expresar nada, ni esperar nada.
¿No es una vida ideal?
El yang
Vivir en pareja es lo mejor que te puede pasar. ¿Qué hay más bonito que compartir tu vida con otra persona? Aquí hay algunas de las ventajas de vivir en pareja:
Tienes que adaptarte a alguien. A sus gustos, a sus hábitos, a sus horarios, a sus necesidades. Tú eres flexible y comprensivo, y siempre estás dispuesto a cambiar por el bien de la relación. Puedes renunciar a tu identidad, a tu individualidad y a tu libertad.
Tienes que soportar a alguien. A sus defectos, a sus manías, a sus quejas, a sus dramas. Tú eres paciente y tolerante, y nunca te enfadas ni te molestas por nada. Puedes aguantar todo tipo de situaciones, todo tipo de conflictos y todo tipo de problemas.
Tienes que depender de alguien. De su amor, de su apoyo, de su presencia, de su opinión. Tú eres fiel y leal, y siempre confías y respetas a tu pareja. Puedes entregarle todo tu corazón, toda tu mente y toda tu alma.
Tienes que complacer a alguien. A su familia, a sus amigos, a sus jefes, a sus clientes. Tú eres sociable y simpático, y siempre te llevas bien con todo el mundo. Puedes hacer todo tipo de favores, todo tipo de regalos y todo tipo de sacrificios.
Tienes que competir con alguien. Por su atención, por su tiempo, por su dinero, por su éxito. Tú eres ambicioso y motivado, y siempre quieres mejorar y superarte. Puedes lograr todo tipo de metas, todo tipo de proyectos y todo tipo de sueños.
Y no es que yo lo sea, bueno, quiero decir. Lo malo de ser bueno es que te toman por tonto. A menudo, el personal confunde la educación con flaqueza, la amabilidad con debilidad, las pocas ganas de discutir con cobardía. Y así, aprovechándose de la confusión, van ganando terreno, van ocupando tu espacio hasta que te arrinconan, en cuyo caso tienes que dar la patada y dejar sorprendido al tipo que te clasificó como memo.
Te llama tu mujer: «Amore, ¿puedes sacar a Estrellita? Estoy muy liada y no tengo tiempo».
Coges el arnés, la correa, la pelota, el lanza pelota, la bolsita de la caca, la botellita de agua para limpiar el pis y, claro, a Estrellita. Y te vas a la calle con cara de perro pensando por qué tu mujer siempre está muy liada y cuándo le vas a decir que la saque ella. Nunca.
Estrellita, mientras tanto, pasa de ti y de la pelota, y se dedica a ladrar a los gatos y a las motos. Entre ladrido y ladrido, repasas todas las ocasiones que el personal te toma por gil.
El vecino de la plaza de garaje, que te dijo un día si no te importaba que aparcara su coche pegado al tuyo para que le cupiera su moto y, ahora, casi tengo que entrar por el techo en el mío.
El frutero de abajo, al que un maldito día le diste confianza, te somete con cada naranja a un tercer grado de cotilleo, sin que tu seas capaz de mandarlo al carajo.
Le tiro otra vez la pelota y me mira con cara de «ve tú por ella» y voy por ella. Hasta la perrata se aprovecha.
Un día te pide tu amigo Paco compartir la clave de Netflix para ver no sé qué película famosa. Tú, más bueno que el pan, se la das. Pasan las semanas y empieza a no ver Netflix porque hay más usuarios de los permitidos. Le preguntas a Paco y te dice que se la ha pasado a su hermana, su sobrina y al portero que le hace muchos favores. Total, pagas el Netfix del barrio y nos lo ves.
Ahora me toca recoger la caquita de Estrellita. Mientras realizo tan higiénica, cívica y asquerosa labor, recuerdo que ya no recuerdo cómo es sentarse en mi sillón preferido. Se lo ofrecí cortésmente a mi suegra un día y parece como si la hubieran sembrado en él. No se ha vuelto a levantar y si lo hace, ocupa su lugar la perrata.
El paseo y mi paciencia van llegando a su fin. No hay gato, ni moto en el barrio que no haya sido ladrado por la perra. La calle está más limpia que cuando salí, ni rastro de caca y las esquinas regadas con agua y jabón.
Subo a casa. Mi mujer, absorta en sus filigranas, me dice lo bien que me sienta pasear la perra y lo feliz que se la ve. Y yo me juro que el próximo día que me diga que la saque a pasear, me enfrentaré a mi suegra, a mi amigo Paco, al frutero, al vecino abusón y a ella. Bueno a ella no, no sea que se enfade.
La verdad es que mi amigo Camilo Anchústegui antes, Antxustegui ahora, es un hombre hecho así mismo. No lo tuvo fácil en la vida. Trabajando desde crío, no le daba tiempo a disfrutar de los juegos de su edad.
Ya joven, montó un negocio de polipastos y ferralla que le absorbía la vida. Se casó por poderes mientras vendía poleas en Cuenca. La otra novia, la que él quería, lo dejó porque de tanto no verlo se le olvidó la cara.
Trabajar
Sólo trabajar, sólo ir y venir, trajo como consecuencia que se le olvidó la vida entre hierros y poleas; y ahora, cerca de la jubilación, decidió darse el gusto de recuperar todo lo que en cincuenta años no había hecho.
Para no perderse, creó una lista y, en orden de revancha, fue apuntando lo que quiso y nunca hizo.
La primera acción fue comprarse el triciclo que su señor padre siempre le negó. En la juguetería le preguntaron la edad del niño. Contestó: «Sesenta y cinco años». Se lo llevó puesto.
Un piano
Con el siguiente paso cumplió otra ilusión perdida. Compró el piano más caro que pudo. Hizo obras en el salón, no cabía, y se apuntó a un curso de Youtube. En unos meses, Paquito el Chocolatero no tenía secretos para sus dedos.
Lo siguiente en la lista fue construir una grúa enorme con el Meccano. Sus dedos eran demasiado grandes para los pequeños tornillos.
Se acordó de la otra novia, la que él quería, y que localizó en Facebook. Ella al principio no lo reconoció. Después lo reconoció y lo bloqueó sin más.
En esta vorágine de hacer cosas perdidas, se di cuenta que nada sabía como él recordaba: que el triciclo era pequeño, el Meccano aburrido, Paquito el Chocolatero un coñazo…
Camino de Santiago, recurso para jubilados con vocación exploradora, reflexionó sobre la imposibilidad de recuperar lo no hecho.
De vuelta a casa, mientras pelaba una naranja que no olía a naranja, le dijo su mujer: «Camilo, ahora que ya estás jubilado, ¿Por qué no haces todas esas cosas que te gustan?».
Le dirigió una mirada vacía, dejó la naranja en el plato y le contestó: «Las cosas que me gustan ya no huelen como antes».
Es la dulce melodía de la negación monetaria. Ese cántico celestial que resuena en cada transacción ligeramente inflada, en cada factura que se atreve a superar las expectativas más rácanas. ¡Oh, la nobleza de espíritu! ¡La absoluta indiferencia por la vil moneda! Uno casi puede imaginarlos, seres etéreos flotando por la vida, desprovistos de cualquier consideración terrenal como el valor de su tiempo o el esfuerzo ajeno.
Fui a cortarme el pelo. Según un estudio realizado por la prestigiosa doctora Madelen Macgefesa de la prestigiosa Kelvinator University del Pensilvania, un hombre, blanco, heterosexual, con estudios superiores y pelo, acude a la peluquería 960 veces a lo largo de su vida, ni siquiera llega a las mil. Yo voy recorriendo esos números y observo, con horror, que cada vez estoy más cerca de la cifra fatal de los 960 pelados.
1. El amigo de cuándo nos vemos. Siempre te escribe con entusiasmo para verse, «ya si eso y quedamos», pero nunca concreta nada. Probablemente está planeando salir desde 2017.
Inevitablemente oía la conversación telefónica que se produjo a 50 centímetros de mi oreja. Por mucho que lo intentara, no pude dejar de escuchar. La persona en cuestión narraba a su interlocutor las dificultades que tenía para comunicar con él. Que si llamaba y comunicaba, que si llamaba y no cogí el teléfono, que si se le oía lejísimos, que qué ruido. «Pues marca tú, a ver si se oye mejor». «Me voy a cambiar de compañía. Esta es una mierda». Y así transcurría la conversación, que termino con la siguiente pregunta: «¿Bueno, pero qué querías contarme?». Hubo una pausa y se oyó al otro que decía: «No sé, se me ha olvidado. Te volveré a llamar cuando me acuerde».
Diez minutos para no decirse nada. Extraña manera de comunicarse.
Otro caso es el de las personas que te terminan la última palabra de la frase o la frase entera. No sé si porque se aburren de oírte, si porque no quieren que te canses hablando o porque directamente leen tu pensamiento. Cogen tu supuesta última palabra y la dicen ellos.
Tengo muchos amigos (as) en mi entorno leedores de pensamiento. Por ejemplo, digo yo: «Estoy pensando si irme a pasar unos días a…» «la playa con tu gata», termina la frase la leedora.
«No», digo yo. «Estoy pensando si me voy a pasar unos días a un monasterio para no oírte más».
Otra extraña manera de comunicarse.
Seguro que hay muchas formas raras de comunicación. Un día escribiré hasta aburrir al que lo lea. Hoy no.
Es sabido que la gestualidad es tan, o más importante, que las palabras a la hora de comunicarnos. Según estudios de la Universidad de Kelvinator, los indígenas mediterráneos somos mucho más de gestos que los indígenas teutones, pongamos por caso. Así, un tío de Murcia mueve mucho más las manos al hablar que un vienés, que cuando charla parece manco.
He conocido dos tipos de personas gesticulantes: las gesticulantes espejos y las gesticulantes totales.
Las primeras se enlazan con las leedoras de pensamiento. No son abundantes, pero sí muy llamativas. Mi amigo Javier es un buen ejemplo. Tú te pones a hablar con él y este gesticula por ti: mueve las manos, arquea las cejas, frunce el ceño, conforme tú vas pronunciado tu discurso. Es muy descansado para el que habla, pero agotador par el interlocutor espejo.
El otro caso es el de las personas que no necesitan interlocutor para gesticular. Yo no lo he visto nunca, pero me juran que existe. Se trata de aquellos que mientras escriben o leen un correo o, preferentemente, un wassap ponen caras de asombro, enfado, risa o cualquiera otra manifestación gestual, que si bien está justificada cuando tienes al otro en frente, resulta de lo más raro cuando lo que tienes en frente es una pantalla.
* Este post es políticamente incorrecto. No lo deje al alcance de los niños y no intente reproducirlo en casa.
Hay sociedades muy preparadas y otras menos. Esa frase con tintes racistas podría ser atribuible a cualquier seguidor de Hitler, Mussolini o el mismísimo Julio César. Pero no, yo le he comprobado en mis carnes, más concretamente en mi boca.
Dos paracetamoles en mi mano.
¿Y dónde podemos ver esa superioridad?. La pregunta tiene una respuesta sencilla e irrebatible: la superioridad se ve en la ingesta de pastillas a mano.
Viendo cualquier película norteamericana podemos encontrarnos con la escena en la que el protagonista abre el armarito de las medicinas; coge el bote de pastillas; vierte una cantidad salvaje de ellas en la palma de su mano y, con ella abierta y gesto veloz, se las lleva a la boca y se las traga. El efecto del medicamento suele ser inmediato y sanador.
Mini pastilla.
Pues bien, pensé: si George Clooney, al que no tengo nada que envidiar, puede hacer eso, yo no voy a ser menos.
Fui al cajón de las medicinas, yo no tengo armarito. Rebusqué entre las cajas vacías, los prospectos arrugados y las tiritas que no pegan. Cogí un par de paracetamoles, los deposité en la palma de mi mano y, con el mismo gesto de Clooney, me los lleve a la boca. Resultado: me rompí la funda del paleto, me atraganté que casi me asfixio y los paracetamoles acabaron en el techo del cuarto de baño.
Tras el accidente, estudiando lo datos de las cajas negras, salieron a la luz cuestiones que lo explicaba todo. Primero: el tamaño sí importa, como puede verse en las fotografías. Segunda: hay sociedades que nos llevan años de ventaja practicando la ingesta de pastillas a mano son las preparadas.
Unos de los principios que rigen la comunicación es el de la economía del lenguaje. Se sabe que la pereza mueve el mundo o, mejor dicho, no lo mueve. Tendemos a hacer lo menos posible para obtener los mejores resultados y la comunicación no es ajena a ese fenómeno. Si te preguntan cómo estás, es más práctico contestar con un «bien o te cuento», que dar una larga respuesta llena de pormenores sobre tu estado físico y mental.
Este tipo de respuestas económicas son particularmente útiles si vas al médico, al taller mecánico o a la taquilla de Renfe. Veamos ejemplos de los tres casos:
1.- En el médico
Visita al médico con economía del lenguaje:
Dígame qué le pasa, pregunta el doctor.
Pues mire usted, me duele el lóbulo de la oreja como si tuviera clavado un alfiler, respondo.
Doctor: ¿Ha probado usted a quitarse el alfiler que tiene clavado en el lóbulo de la oreja?
Yo: Pues va a ser eso.
Fin de la consulta.
La misma consulta sin economía del leguaje.
Doctor: Dígame qué le pasa.
Yo: Pues verá usted. El caso es que llevo días en los que mi mujer no hace mas que decirme que tengo mala cara y la oreja como la de un toro bravo. Y le digo: «Carmen, eso son cosas tuyas que eres una aprensiva y no me dejas vivir». Y ella se va a los toros y cuando vuelve me comenta que las orejas que ha cortado Morante son igualitas a la mía y que si patatín, y que si mi pobre madre viviera me diría lo mismo, pero que como es ella, no le hago caso.
Doctor: Presente este volante para que lo ingresen en psiquiatría.
En el taller
Entras al taller, al que has pedido cita hace un mes.
Con economía del lenguaje:
Buenos días, vengo a la revisión de los 100.000 kilómetros.
Respuesta del mecánico en jefe: Muy bien, aparque ahí y le llamaremos.
Sin economía del lenguaje:
Yo: Buenos días. Le traigo el coche porque tengo un dolor en el lóbulo de la oreja como si me clavaran alfileres. Y me ha dicho Carmen, mi mujer, que le urja para que me hagan la revisión, la del coche, porque en cuanto la termine nos vamos al médico a ver que me pasa. Y yo le digo que no es nada, pero ya sabe como son las mujeres y la mía no le quiero contar…
Respuesta del mecánico en jefe:
Muy bien, aparque ahí y le llamaremos.
En Renfe
Pues vas a comprar el billete de tren, te pones en la cola. Carmen, lleva media hora comparado las orejas que le han dado a Morante de la Puebla con la mía. Llega a la taquilla y pide 2 billetes a Madrid a la hora que sea, porque «mire usted», le cuenta al impávido funcionario, «mi esposo nunca me hace caso, fíjese cómo tiene la oreja. Ahora tenemos que ir en tren porque ha dejado el coche en la revisión. El médico nos manda al Ramón y Cajal porque no le ve buena pinta. Y es lo que yo le digo ¿Por qué te has clavado un alfiler en el lóbulo de la oreja?. No tienes idea buena”.
Detrás de nosotros la cola se hace interminable, y se escuchan murmullos de desaprobación. Sobre todos ellos, una voz profunda nos grita. «¡Eh, los de la oreja!, ¿es qué no conocen el principio de economía del lenguaje?.»
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