Homenaje de jubilación

Conforme avanzan los años, las fiestas a las que acudes van cambiando de signo y de ir a bautizos, incluido el tuyo, pasas a ir a homenajes a jubilados, incluido el tuyo; eso sí dejándote por el camino una pasta gansa y un hígado en estado de ruina.

La mayor parte de esas celebraciones son hitos en el camino, pasos adelante en tu vida: bautizos, comuniones, confirmaciones, bodas… hasta que al fin llega el funeral, única fiesta en la que el protagonista no se entera de nada.

Claro, el paso previo al funeral es la jubilación. Mi amigo Paco dice que soy un pesimista, que la jubilación es júbilo, no antesala del fiambre. Su cara no muestra mucho convencimiento y recuerda que, alguno de sus conocidos, la palmó antes de poder gastarse el cheque de viaje del Corte Inglés, regalo jubiloso de sus compañeros.

5 Euros

La fiesta de jubilación suele ser un acto al que todo el mundo aspira, pero que se ve lejano, hasta que un día te ves rodeado de caras sonrientes que festejan con alborozo el reloj que te acaban de regalar, que entre 50 que son caben a 5 euros por barba. Vamos que no se arruina nadie.

No todo el jubilado «sufre» ese tipo de homenajes. Los hay que se despiden con un apretón de manos y pagando el café. Otros, simplemente, desaparecen sin dejar rastro y sin que nadie pregunte por él. Pero lo común es que se monte la fiesta.

El proceso empieza meses antes cuando Antúnez le dice a Rosa: «Oye, el sábado se jubila Moreno. Habrá que hacerle algo. Y ahí comienza la organización, secreta, por supuesto, del acto. En la organización suelen intervenir dos personas. A saber: el que más va a perder con tu salida y el ganador de la misma.

Vaya por delante que los motivos de tus compañeros para participar en la fiesta son desde «por fin, se va el tío este» a «a ver si el que viene va a ser peor todavía». Muy cariñosos todos.

A veces, el homenajeado se convierte en bocadillo: el pan de arriba el jefe que te despide; el pan de abajo, el adjunto, que te va a sustituir, y en medio el pavo, o sea tú.

De mi fiesta de despedida sólo diré una cosa: me querían tanto que, para asegurarse que nunca volvería, me hicieron dos. Y funcionó, nunca volví.

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