Mi hermana está en coma. Ayer escuché una conversación que, de haber podido oírla, estoy seguro de que la habría despertado. No por sus propiedades terapéuticas, sino por la indignación. La mala leche produce efectos que la medicina todavía no ha investigado suficientemente.
Mi hermana estudió Medicina en los años sesenta, cuando en la facultad había pocas mujeres y muchos hombres convencidos de que aquello era una anomalía hormonal. Llevaba minifalda, fumaba Bisonte, no iba a misa y siguió estudiando hasta ejercer durante cuarenta años como médica.

Yo era un crío y no entendía que aquella mujer estaba practicando la libertad antes de que la libertad apareciera en los anuncios. Para mí era mi hermana, la que sabía dónde estaban las medicinas y podía mandarte a la mierda con diagnóstico clínico.
Ayer escuché hablar a dos mujeres de más de cuarenta años. Una de ellas contaba un pequeño incidente automovilístico. Había cogido el coche de su marido y, durante el trayecto, se encendió una luz en el salpicadero.
Era una situación grave. Hasta entonces, la única luz que encendía en el coche era la del intermitente. Y solo el derecho. El izquierdo debía de pertenecer a otro modelo.
Llamó al marido para preguntarle qué significaba aquel aviso. Él le explicó que probablemente faltara presión en una rueda y le aconsejó que fuera a una gasolinera y se hiciera la tonta.
Literalmente:
Ve a una gasolinera y hazte la tonta
Una estrategia mecánica recogida seguramente en el manual de mantenimiento del vehículo, entre el cambio de aceite y la revisión de los frenos.
La mujer se dirigió a la gasolinera dispuesta a seguir las instrucciones. Contó que, si hacía falta, le enseñaría una teta al operario con tal de que le arreglara la avería. No aclaró cuál de las dos. Supongo que dependería de la rueda afectada.
Para su desgracia, al llegar descubrió que el gasolinero no era gasolinero, sino gasolinera: una mujer con cara de pocos amigos y ninguna disposición conocida a dejarse sobornar por una mama.
Le explicó lo de la lucecita, las ruedas, el coche de su marido y, posiblemente, la inexistencia del intermitente izquierdo.
La empleada la escuchó y dijo:
—Le falta presión. Vaya al poste del aire, eche un euro e infle las ruedas.
No le infló los neumáticos, no aceptó el soborno y tampoco llamó a un hombre. Le indicó dónde estaba la máquina y dejó que se enfrentara personalmente a la alta tecnología del aire comprimido.
La mujer echó el euro e infló las ruedas. Sola. Sin enseñar nada. Ni siquiera el permiso de conducir.
Cuando volvió a casa, el marido le riñó porque había utilizado su coche «para pasearse». El vehículo debía de ser una pieza de museo, un objeto de culto reservado para desplazamientos trascendentales, como acudir al notario, invadir Portugal o llevar al propietario a tomar una cerveza.

Ahí terminó la narración y comenzó mi perplejidad.
Mi hermana estudió Medicina en los años sesenta, rodeada de batas masculinas, curas, prejuicios y humo de Bisonte. Cuarenta años después, una mujer estaba dispuesta a enseñar las tetas para no tener que inflar una rueda y aceptaba que su marido la regañara por utilizar el coche.
Puede que no hayamos retrocedido. Tal vez nunca avanzamos tanto como creíamos. Cambiamos la minifalda por el pantalón, el Bisonte por el vapeador y la prohibición por una dependencia voluntaria mucho más cómoda.
Mi hermana está ahora inmóvil en una cama, pero su vida entera continúa diciendo lo contrario: estudia, aprende, trabaja, no te hagas la tonta y no pidas permiso para conducir tu propio destino.
La solución estaba en la gasolinera. La libertad costaba un euro y se encontraba junto al poste del aire.
Solo había que bajarse del coche e inflarla.
