El destino del cuarto día (1 de junio de 2026) era Paralio Astros, aunque regresábamos a dormir a Trípoli; cambiamos la montaña majestuosa y los valles altos de Arcadia por el mar Mirtilo en el golfo Argólico. Y, entre un destino y otro, conocimos el templo de Atenea Alea en Tegea, construido en el siglo IV antes de Cristo por el arquitecto Escopas. Si en el pasado fue uno de los templos más importantes del Peloponeso famoso por la belleza de sus frontones escultóricos y por el uso de capiteles corintios, ahora solo se aprecian bloques de piedra a ras del suelo vallados para su protección.





Si Tegea decepcionó, no lo hizo el monasterio de Loukós, camuflado entre cipreses y olivares, un tesoro del siglo XII en el que destaca la iglesia bizantina con frescos medievales y la antigua villa romana de Herodes Ático. Custodiado por una comunidad de monjas, que se dedican a la contemplación, a la hospitalidad, a mantener el lugar y a atender a Julián después de su accidente en la bicicleta.






Paralio Astros
Una vez abandonado este remanso de paz, oasis de armonía y conciliación, e imbuidas de la tradición monacal de la iglesia ortodoxa griega, recalamos en Paralio Astros, pueblo costero de Arcadia dominado por el castillo medieval de los hermanos Zafiropaulos, en la colina Nisi. Desde sus 50 metro, la fortaleza regala una panorámica del puerto y del golfo Argólico deslumbrante.
De nuevo en Trípoli, la capital de la región nos brindó el palpitar de sus plazas, la de Areos, la más grande de Grecia y porticada de cafés, restaurantes y parques, o la de San Basilio, en la que se ubica la catedral neoclásica de mármol blanco.
El rincón de la memoria: Agia Fotini de Mantineias
Después de dos noches en Trípoli, Paralio Astros y el hotel Ariadne Hotel nos esperaban, pero antes nos desviamos para visitar un rincón de la memoria. Llegamos a la iglesia de Agia Fotini de Mantineias, en Nestani. Un templo en mitad de la nada, de ladrillo rojo bizantino, de arquitectura inclasificable, en el que se detecta el estilo bizantino, el clásico griego y el minoico. Su construcción se remonta a los años 70 del siglo XX, pero es el caos decorativo interior el que subyuga a los expertos y el que desconcierta los neófitos.

Hércules y la Hidra de múltiples cabezas
Una vez superada la turbación de Agia Fotini de Mantineias, la carretera nos encaminó al sitio arqueológico de Lerna, en Myloi. En este lugar, dicen las crónicas mitológicas, Hércules derrotó a la Hidra de las múltiples cabezas. Si nos lo hubieran permitido, hubiéramos percibido la humedad y el misterio de los manantiales corriendo como hace miles de años, hubiéramos imaginado cómo Hércules cortaba y machacaba una y otra vez las testas infinitas de Hidra, pero el espacio solo se abrió a la imaginación porque su vallado frenó nuestro interés turístico.
Pelín desilusionados, nos encaminamos a Argos, una de las ciudades más antiguas de Europa, que vive de espaldas al turismo, pero que conserva un teatro romano del siglo IV antes de Cristo excavado en la roca de la colina Larisa, con un graderío de piedra caliza para 20.000 espectadores.

Sin embargo, mientras el teatro conserva su monumentalidad desafiando al tiempo, aunque lleno de zarzales; en el ágora, la maleza embebe los restos arqueológicos, piedras que en su día atestiguaron el pulso político y comercial de la que fue el centro del mundo, y en las que el olvido, la desidia y el desinterés se atrapan en el limbo de la desmemoria.
Pero, la pesadumbre de la desatención se borró con la inmensidad azul del mar Egeo de Paralio Astros, un pueblo de ambiente marinero con su castillo medieval, su puerto, su paseo marítimo y agua cristalina.
Y así las emociones de estos dos días se diluían en el vaivén del mar Mirtilo. Habíamos agotado estas dos páginas de ruta, pero el mapa todavía nos reservaba varios destinos en el horizonte. (Continuará)
