La insoportable tranquilidad de tener razón

En los últimos tiempos encuentro cada vez más gente convencida. Convencida de verdad. Personas cuyas hondísimas creencias hacen imposible cualquier conversación que no vaya encaminada a confirmar lo que ya pensaban antes de empezarla.

Yo, que soy de formación clásica —bueno, vieja—, crecí pensando que la duda formaba parte de la inteligencia. Que uno podía tener una opinión y, aun así, conservar la extravagante posibilidad de estar equivocado. Ahora no. Ahora dudar es de flojos. El personal tiene certezas.

Cuestión de fe

Mi amigo Jesús, por ejemplo, tiene que rezar todas las tardes, a las seis en punto, un avemaría en honor a la UGT. No sé si en el sindicato están al corriente de esta nueva advocación mariana, pero tampoco me atrevo a preguntárselo. Con la fe no se juega y con los convenios colectivos, menos.

El fanático religioso sabe que Dios existe y conoce, además, con sorprendente precisión, lo que Dios piensa sobre asuntos que Dios jamás se ha molestado en comentar personalmente. El ateo militante tampoco tiene dudas: Dios no existe. Y puede pasarse dos horas explicándote apasionadamente la inexistencia de alguien que, según él, no existe. Es una dedicación admirable.

Los míos siempre tienen razón

Luego está la política. Aquí ya no tenemos opiniones: tenemos equipos. Uno no escucha al contrario para averiguar si tiene razón en algo. Lo escucha esperando que termine para explicarle por qué es imbécil.

Si el político propio roba, habrá que conocer todos los detalles antes de juzgar. No conviene precipitarse. Hay que respetar la presunción de inocencia, estudiar las circunstancias y esperar a que se pronuncien los tribunales.

Si roba el contrario, que devuelva también la primera comunión.

El Mundial que no podía ganar España

Y después está el fútbol, que últimamente ha decidido competir con las religiones en materia de fe.

España gana a Argentina la final del Mundial y uno, ingenuo, piensa que la explicación podría ser que España jugó mejor.

Pues no.

Demasiado sencillo.

El partido estaba comprado. Los jugadores argentinos estaban amenazados de muerte. Sus familias corrían peligro. Todo estaba preparado de antemano y el resultado decidido antes de que el árbitro pitara el comienzo.

Porque una conspiración tiene una ventaja extraordinaria: cuanto más difícil resulta demostrarla, más demuestra eso que la conspiración es buena.

A mí me fascina especialmente la capacidad humana para elegir entre dos explicaciones. Una: España ganó el partido. Dos: una organización internacional de dimensiones considerables montó una operación secreta para conseguir que Argentina perdiera un partido de fútbol y, además, logró que todos los implicados guardaran silencio.

Y quedarse con la segunda porque parece más razonable.

El tren demuestra que la Tierra es plana

Aunque para certezas, los terraplanistas.

Uno de sus argumentos me parece difícilmente superable: si la Tierra fuera redonda, las vías del tren, cuando son largas, largas, largas, tendrían que ser curvas.

Y, sin embargo, usted mira una vía y es recta.

Se acabó la discusión.

Siglos de astronomía, satélites, viajes espaciales, fotografías de la Tierra y unos cuantos señores llamados Copérnico, Galileo y Newton derrotados por la línea Algeciras-Bobadilla.

No sé cómo no se nos ocurrió antes.

Con la comida hemos topado

Y después está la comida. Territorio sagrado.

Pruebe usted a decir delante de un valenciano que hace una paella estupenda con chorizo y descubrirá que la violencia tiene justificaciones morales.

El vegano convencido te explicará lo que debes comer para salvar el planeta mientras tú intentas esconder el jamón. El carnívoro militante responderá pidiendo un chuletón de kilo y medio, no porque tenga hambre, sino para defender la libertad occidental.

Y todos felices.

Bueno, felices no.

Convencidos.

Que es mucho mejor.

El derecho a estar equivocado

Yo cada día tengo menos certezas. No sé si es consecuencia de la edad, de haber leído demasiado o de haber entendido demasiado poco. Incluso empiezo a sospechar que algunas de las cosas que defendí apasionadamente durante años eran auténticas gilipolleces.

Y eso me tranquiliza.

Porque todavía puedo cambiar de opinión. Puedo escuchar a alguien y pensar: «Coño, pues lleva razón». Puedo incluso discutir conmigo mismo y perder.

Debe de ser cosa de mi formación clásica.

Bueno, vieja.

Aunque tampoco estoy completamente seguro.

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