Vacaciones de gato cortijero: el placer de no pisar la playa

Llevo quince días de vacaciones y todavía no he pisado la playa. Ni un grano de arena entre los dedos. Lo digo con cierto orgullo, como quien presume de haber sobrevivido a una moda absurda.

Carmen, sin embargo, pertenece a otra especie. Baja a la playa equipada para fundar una colonia. Silla, sombrilla, bolso de dimensiones industriales, libros, agua, fruta, cremas, toallas… Si un crucero naufragara frente a la costa, podrían abastecerse con lo que ella lleva en un solo viaje.

Se instala por la mañana y solo falta que el Ayuntamiento le cobre el IBI por ocupación del terreno.

Yo soy un gato de cortijo.

Me atuso un poco, busco una sombra, duermo una siesta y, cuando me despierto, me levanto porque ya toca descansar de haber descansado. Las vacaciones son un asunto demasiado serio como para estropearlas haciendo cosas.

Pero nunca falla el defensor universal del sentido común.

—¿Y para qué vienes a la playa si no bajas?

La pregunta siempre la hace alguien convencido de haber desmontado toda tu filosofía de vida con una sola frase. Son los mismos que creen que una piscina se construyó para bañarse y un sofá para sentarse.

También tengo piernas y no voy corriendo a todas partes. Tengo bicicleta y no compito en el Tour. Tengo una caja de herramientas que lleva años sin conocer un tornillo porque, cuando algo se rompe, siempre aparece un cuñado dispuesto a demostrar que él sí sabe. Tengo una colección de corbatas que sobreviven por si algún juez me obliga a volver a ponérmelas.

Y también tengo cerebro

No crean que lo utilizo siempre. Basta con leer algunos comentarios en internet para comprobar que no soy el único.

Nos han educado para amortizarlo todo. Si compras una barbacoa, haz barbacoas. Si tienes piscina, métete. Si pagas un bufé libre, come como si la especie humana fuera a extinguirse al día siguiente. Si vas a la playa, embadúrnate de arena hasta en sitios donde la anatomía jamás imaginó recibir visitas.

Pues no.

Hay un placer inmenso en saber que puedes hacer algo… y decidir que hoy tampoco. La playa no caduca. No la retiran por falta de uso. Sigue ahí, esperándome con una paciencia que ya quisieran algunos conocidos.

Será porque soy un gato de cortijo.

Me gusta cazar pájaros, claro.

Pero me gusta mucho más verlos volar mientras alguien me trae la comida al cuenco.

Para algo me he ganado las vacaciones. Y, si a alguien le parece mal, que se vaya a la playa por mí. Así la amortiza también.

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